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"La
mayoría de las gaviotas no se molesta en aprender sino las normas más
elementales: como ir y volver entre playa y comida. Para la mayoría de
las gaviotas no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota,
sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar. Más que nada
en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar...."
...Y
no fue una ilusión. Del gran bimotor turbohélice bajó él, con una gran
sonrisa, la mano en alto para saludarnos, Richard Bach, Dick, el
legendario, el que siempre admiramos y algunas veces envidiamos a través
de sus escritos y relatos en los que alguna vez nos sentimos
identificados. O es que acaso no hemos vivido experiencias iguales,
similares o análogas a las que él nos cuenta, solo que expresadas de la
forma que nos hubiera gustado hacerlo?
Se mezcló entre nosotros, accediendo a posar para todas las fotos que se
le pidieron, a firmar toda cosa que le acercaran, desde libros hasta
camperas, pasando por estabilizadores, timones y hasta aviones enteros,
con la sonrisa permanente, la absoluta predisposición, y, casi se diría,
con una cierta profesionalidad que hacía pensar en un "Set up"
predeterminado, hasta que alguien le dijo: "Richard, allí hay un
"Cub" que te está esperando, querrías volarlo?"
Primero pareció no entender, y medio balbuceó: "Quien, yo?, para
volarlo?, me lo están ofreciendo a mí?" Y como a todas las
preguntas se le contestaba que sí, que claro, que queríamos verlo volar,
se le iba cambiando la expresión, y de la sonrisa pasó al embeleso: Dick
se transformaba, volvía a nacer Juan Salvador Gaviota.
Comenzó el chequeo exterior de la aeronave. Y esto merece un comentario
aparte. Así como un maestro carpintero adivina si el individuo que tiene
delante es o no un buen operario al observar simplemente como toma las
herramientas en sus manos, un instructor de vuelo como quien escribe estas
líneas, percibe claramente si el que está realizando el chequeo previo
al vuelo, es un piloto o si simplemente ha obtenido una licencia.
Con mucha calma, inició la rutina a partir del montante derecho. Tocando,
o mejor, acariciando cada bulón, cada movimiento, cada elemento. Cuando
terminó la inspección exterior se acomodó en el asiento trasero con una
cara de felicidad que hacía recordar a la de un niño con juguete nuevo,
e invitó a los pilotos que quisieran acompañarlo a volar en formación.
Después de un breve vuelo aterrizó impecablemente y volvió a juntarse
con todos nosotros para compartir el hermoso día que se presentaba. Hubo
una linda exhibición de acrobacia a cargo de Falistocco con su S 10 y se
estaba programando el suspender por un rato la reunión para almorzar y
para que pudiera descansar un rato del asedio de todos nosotros.
Pero, como siempre, Murphy estaba al acecho. A alguien se le ocurrió que
volviera al J3 para volarlo nuevamente, y él quiso darle pala. Tal vez
agarró la hélice con demasiada cantidad de su mano, es decir que la
segunda falange de sus dedos estaba detrás de la pala, tal vez el motor
estaba un poco avanzado de ignición, la cosa fue que éste dio una contra
explosión y la hélice le produjo una herida bastante fea en dos dedos,
cosa que requirió que se lo trasladara al hospital, donde le aplicaron
varios puntos de sutura.
Por supuesto, la fiesta terminó allí, con la consternación de todos
nosotros, ya que, al volver del hospital, tuvo que abordar el avión para
regresar no sin antes despedirse tristemente por lo ocurrido, pero muy
feliz de haber estado con tanta gente (alrededor de 150 personas) que le
demostraron ampliamente todo su afecto.
Gral.
Rodríguez, Bs. As. mayo 7 del 2000
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