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Mientras caminaba hacia el
pequeño edificio del aeropuerto, (construido por los argentinos en años
previos a la guerra), el inglés se acercó a mí y, de manera franca y
sencilla, estrechó mi mano con firmeza. El color de sus cabellos era ahora
tan blanco como el hielo de las alas de mi avión, pero el color de sus
ojos seguía siendo el mismo azul que antaño fuera, y su mirada seguía
dando esa impresión inquisidora y de honestidad que Philippi había
percibido en el instante en que se le aproximó, tantos años ha.
Fuimos juntos hacia las
oficinas de migraciones y aduana, y presenté mi documentación de arribo,
aún con el traje anti-exposición de color anaranjado anudado en mi
cintura. Como la tela era dura, el nudo se aflojaba a menudo y se me
deslizaba hacia abajo, por lo cual debía levantarlo con frecuencia.
Seguramente las cuatro o cinco personas que allí estaban lo habían notado,
porque cuando dije – mientras lo tironeaba hacia arriba - “I’m losing my
pants”, (estoy perdiendo mis pantalones) se rieron espontáneamente y con
ganas.
Le dije al funcionario que me
atendía, que iba a traer mi equipaje para que lo revisaran, pero me
respondió que no hacía falta, que todo estaba bien. Fueron muy amables
conmigo. El inglés me acompañó hasta el avión, y bajé mi valija, la
cámara de video, y el bolso para guardar el traje anti-exposición, así que
volvimos bastante cargados. Fuimos a su camioneta, una Toyota 4x4. Diría
que el 90% de los vehículos en las islas son camionetas o jeeps doble
tracción. Cargamos todo y emprendimos el breve trayecto hasta la
población. El camino es de asfalto, de un ancho normal y, claro está, se
guía por la izquierda.
Me mostró, a un costado de la
ruta, y como una curiosidad, el “peat” (turba), que luego vería tan
abundantemente en la isla. Aún hoy se lo extrae y corta en trozos
regulares, se lo deja secar y se usa para calefacción, aunque va siendo
reemplazado, sobre todo por el kerosén.
Antes de llegar al pueblo
(¿debo llamarlo ciudad?), me señaló los edificios de sus oficinas,
aledañas al pequeño puerto. Él tiene barcos pesqueros ahora, y ya no se
dedica más al campo.
En pocos minutos estábamos en
la calle de su casa, en una zona nueva de la población. La casa era de dos
plantas, se notaba que llevaba poco tiempo de construida, y su interior
era confortable, acogedor. Tenía amplios ventanales que daban al mar, y me
señaló que todos ellos eran de triple vidrio, para aislación del frío.
Eran ventanas fijas, excepto una, que se podía abrir. Así lo establecía la
reglamentación, y se hace por seguridad, en caso de ser necesario escapar
de la casa en una emergencia. El jardín, que se extendía hacia el lado del
mar, estaba despojado de flores, y algunas rocas asomaban en varias
partes, entre duros pastos.
Habíamos entrado por atrás,
y como yo ingresé primero, no me percaté que él se había quedado un
momento, quitándose el calzado. Luego aprendí que uno se quita el calzado
en todas las casas. En algunos edificios públicos, un anuncio le pide al
público que, si tiene los zapatos sucios, los deje en el hall de
entrada. Así era en el edificio de aduanas, por ejemplo, y su interior
estaba alfombrado en su totalidad, e inmaculadamente limpio.
Mientras disfrutaba de un
reconfortante café caliente le pedí si me permitía telefonear al control
de tránsito aéreo de Comodoro y a mi familia, para informarles de mi
arribo. Lo hice sin problemas, y así me enteré que mi hijo ya había
llamado al aeropuerto y sabía de mi llegada.
Luego me llevó a mi
alojamiento, cuyo nombre es “The Waterfront House”, (La Casa frente al
Mar) y efectivamente, está a no más de diez metros de éste. Dejé mis
zapatos en el pequeño hall de entrada y fui recibido por una agradable y
joven señora que me mostró el lugar y me llevó a mi habitación. Esta era
relativamente pequeña, bien calefaccionada, tenía dos camas individuales,
un televisor color de 14”, y un casi minúsculo baño con su ducha. El
piso era de anchas tablas de madera, y dentro de su sencillez, todo el
conjunto resultaba cálido y acogedor. No necesitaba realmente nada más.
Creo que era el único huésped por esos días.
Dormí un par de horas y el
inglés me pasó a buscar para cenar en su casa. Tanto la comida como la
charla fueron agradables, y saltábamos de un tema a otro, respondiéndome
de buen grado todas las preguntas que yo le hacía, muchas de ellas
relativas a la historia que tanto me había impactado. Así supe que
cuando vieron las señales que Alberto les hizo con su espejo, se acercaron
con mucha precaución, y cuando vieron que estaba realmente solo, él se
le acercó, vio el temor en su cara y puso una mano en su hombro y le
habló, diciéndole que, si no se mostraba agresivo, todo estaba bien.
Alberto hablaba un buen inglés, y allí fue – me contaba el inglés – que
ambos se dijeron una mentira, que fue la única entre ellos. Tony le dijo
“yo no estoy armado”, mientras tenía su revólver 38 en el cinturón,
fuera de la vista de Alberto, y éste le contestó “yo tampoco”,
teniendo escondida su pistola entre sus ropas. Mientras me decía esto,
sonreía francamente y me acotaba: “ambas mentiras eran justificables
¿no?”.
Esa noche dormí muy bien,
oyendo apenas el arrullo del mar cercano.A la mañana siguiente me levanté
y fui a la cocina, buscando a la señora para pedirle mi desayuno, y me
llamó la atención que ella oía música latina y en español, así que le
pregunté si hablaba castellano y al contestarme que sí, noté un acento
familiar: era chilena, casada no hacía mucho tiempo con un natural de las
islas, quien por su trabajo se
hallaba ahora
embarcado, navegando. La colonia chilena es la segunda en importancia en
las Malvinas, después de la gente de las islas de Santa Elena, frente al
África. Esto me intrigó, y aunque pregunté, nadie me supo decir porqué la
gente de esas islas, con una geografía muy distinta y un clima mucho más
benigno, elegía las Malvinas como uno de sus lugares favoritos para
migrar.
Después de desayunar, a las
10:30hs, mi amigo me pasó a buscar, para llevarme a conocer el cementerio
argentino en Darwin, el británico en San Carlos, y otros lugares de
interés en la zona.
Llevábamos unos sándwiches y
unas bebidas sin alcohol para el viaje: Después de unos cortos trámites
que él tenía que hacer en el poblado, emprendimos viaje en su camioneta.
El camino era asfaltado al
principio, una ruta común y en buen estado de conservación. Sin embargo,
este asfalto se veía interrumpido cada tanto, y había tramos de tierra,
dura y pedregosa, pero bien nivelada y cuidada. Supongo que asfaltaban
primero las partes que más se deterioraban con las lluvias y los fuertes
vientos comunes en las islas.
Me mostró áreas con
alambrados de los que colgaban cartelitos blancos, ubicados a no más de 5
metros entre sí, advirtiendo que ése era un campo minado. Me explicó que
los argentinos entregaron todos los planos, que contenían precisas
indicaciones acerca de las áreas que habían sido sembradas con minas. El
problema aún no había sido resuelto y éstas seguían enterradas. La gente
se había acostumbrado, y era como si esos lugares no existieran: ni
animales, ni personas, entraban jamás en esas áreas.
Me llamaba la atención ver,
descendiendo de las colinas que conforman gran parte del paisaje
malvinense, ríos de piedras, de un color gris claro, y de diferentes
tamaños.
Estaban tan prolija y
regularmente formados, que uno se sentía tentado a creer que habían sido
hechos por el hombre. Pero era la naturaleza quién los había creado -ha
través de milenios quizás- sin pausa, despaciosamente, dueña del tiempo
interminable. Varias teorías intentaban explicar su surgimiento. La más
coherente parece ser la que explica que en esos lugares, que parecen
arroyos pero están formados por piedras, éstas se hallaban antes bajo la
superficie, y efectivamente corrían aguas entre ellas, las que en
inviernos especialmente duros, se congelaban, y al congelarse se expandían
y la fuerza de esa expansión rompía las piedras en trozos más pequeños–
como en una botella olvidada en el freezer- y las levantaba hacia la
superficie, dejándolas (con la ayuda del viento y las lluvias), totalmente
expuestas y formando esos muy curiosos y abundantes ríos de piedras
grises, que yo no había visto antes en ningún otro lugar.
Nos cruzábamos con algunos
vehículos, mayormente provenientes de la Base Militar de Mount Pleasant,
delante de la cual pasaríamos en breve. Quedó a la derecha de nuestra
ruta, y me dejó sumamente impresionado su enorme tamaño y lo prolijo que
todo se veía. Tiene una capacidad para albergar muchos más hombres de los
que actualmente están allí estacionados (unos dos mil). Pude ver
movimiento de helicópteros y algún Hércules, operando en su gran pista,
apta para los más grandes aviones de la actualidad. Un enorme hangar podía
albergar un Jumbo en su interior. Me explicó que a veces, al llegar un
avión desde Londres, se encuentra con tanto viento, que no es posible
abrir las puertas ni arrimar las escaleras, por lo que primero entran el
avión al inmenso edificio y recién allí proceden a desembarcar los
pasajeros.
Frente a la base, nos
desviamos por un camino más pequeño, hacia la izquierda, y ya no
tendríamos más asfalto en todo nuestro recorrido. Un pequeño cartel
indicaba que se dirigía a North Arm, Goose Green y San Carlos. Leer estos
nombres - que oíamos a diario en la época de la guerra- me conmovió, y
el inglés se detuvo, para que yo tomara una foto.
Seguimos avanzando, y el
paisaje se repetía a sí mismo. Varias veces vimos o cruzamos arroyos de
aguas translúcidas, con suaves corrientes, que desaguaban casi siempre
en alguna laguna de regulares dimensiones. En todos había truchas - me
explicaba el inglés- y éstas abundaban, dado que lo escaso de la
población hacía que hubiera solamente unos pocos aficionados a la pesca,
para alegría de los peces.

El camino era más duro y
desparejo ahora, pero siempre transitable. Al fin llegamos a un desvío, lo
tomamos, y muy pronto vi otro cartel que me hizo sentir frío por dentro,
sobrecogiéndome: “Argentine Cemetery”


Dejamos la camioneta en un
sector para estacionar, y caminamos por un sendero de grava, de no más de
cien metros de extensión. Allí estaba el cementerio, en esa infinita
soledad, en ese silencio tremendo, roto apenas por el sonido del viento,
que lo hacía aún más pesado, más lúgubre, más agobiador. Ese silencio y
esa soledad se metían en mi pecho…
Una cerca de madera blanca lo
rodeaba. Las tablas que la formaban no estaban lo suficientemente juntas
como para impedir el paso de los corderos más pequeños, así que a veces
aparecía su suciedad entre las tumbas, mezclada con la de los gansos de
las islas. Aparte de eso, el cementerio estaba bien cuidado. Los países de
la comunidad británica poseen un fondo económico dedicado al mantenimiento
de cementerios de guerra, sin hacer diferencias de nacionalidades, ni de
amigos o enemigos.
Entramos, abriendo la puerta
de madera, que crujió suavemente, y el inglés se adelantó, en silencio. Yo
me detuve a la entrada y él se dirigió, con su paso tranquilo y firme,
hacia donde está el cenotafio donado por una empresa argentina. Se paró en
un extremo, y respetuosamente se quedó allí, sin hablar una sola palabra,
todo el tiempo que yo me quise tomar.
Caminé desde el fondo hacia
el frente, en zig-zag, recorriendo cada hilera y leyendo cada epitafio,
deteniéndome un instante delante de cada cruz, blanca y sencilla,
saludando en silencio a cada pobre soldado que allí había quedado.
Y en cada cruz había un
rosario enredado, que seguramente dejaron las familias que hacía poco
habían ido a visitarlos. No había flores, claro, ni una sola flor…
En muchas de las tumbas leí
la siguiente oración:


Mis ojos estaban húmedos, mi
garganta seca. Llevaba yo un encargo, de quién generosamente me había
prestado el traje anti-exposición: debía desprender la chapita de
identificación que éste tenía sujeta a una cremallera, y dejarla en algún
lugar de las islas, donde él tal vez la pudiera encontrar, algún día. Así
que cuando vi una sepultura que por casualidad tenía su mismo apellido
escrito en la lápida, la enterré, delante de la blanca cruz y pegada a
la placa de granito oscura y brillante, con su nombre escrito, entre las
piedritas de grava gris, de las cuales tomé un puñado grande, que traje de
vuelta conmigo. Tal vez mi amigo pueda ir un día -como es su sueño- y
encontrar su chapita, que quiso que yo dejara como un mínimo homenaje a
quienes perdieron la vida, tan tristemente, en esas tierras perdidas en
los mares del sur.
Recorrí, entonces, cada
tumba, y luego me detuve delante de cada placa del monumento construido al
frente, leyendo uno por uno los nombres que estaban escritos. En el
centro del cenotafio, sobre el piso, yacía una única chapa de bronce,
homenaje a los caídos, ofrendada por un diario de la ciudad de Tres
Arroyos. En mi mente, pedí perdón a cada soldado que, tan a destiempo,
tan tempranamente, habían encontrado allí una muerte solitaria e
inútil.
Miré hacia atrás, hacia las
cruces blancas y silenciosas, y busqué luego con la vista al inglés. Éste,
entendiendo mi mirada, y siempre en silencio, echó a andar y salimos,
cerrando la puerta detrás de nosotros…
Seguimos camino, casi sin
cambiar palabra. Al cabo, llegamos a San Carlos, y allí visité el
cementerio británico, con paredes de piedra, algo más pequeño y bonito, y
más protegido que el argentino.
Había pocas tumbas, por
comparación, y también había placas en el monumento del frente, donde sus
muertos, en lugar de estar ordenados por abecedario como los nuestros, lo
estaban por la unidad donde habían servido.
“HMS Invincible” “HMS
Sheffield” “HMS Ardent”, HMS Coventry”, “HMS SirGallahad”, etc, etc.
Habían venido desde tan
lejos, para quedar aquí por siempre. También sentí tristeza por ellos…
Fuimos luego a San Carlos, y
me mostró la bahía y las playas donde habían desembarcado los ingleses,
las que habían sido nombradas por colores “Green Beach”, “Blue Beach”,
etc. San Carlos es solo un pequeño caserío, de no más de una docena de
casas, y aún así, es la segunda población en importancia en las islas.
Caminamos un poco, y el
inglés, con sus ojos acostumbrados a ver en esas tierras que tan bien
conocía, se detenía de tanto en tanto, y me mostraba un refugio de piedras
hecho por los soldados ingleses para protegerse, o un largo trozo de cable
de algún equipo de comunicaciones, abandonado en el lugar, o alguna otra
señal de lo que allí había sucedido.
Me contó que a raíz del
hundimiento del “HMS Atlantic Conveyor”,
-impactado por un misil
Exocet- por parte de la Aviación Naval, se habían perdido los
helicópteros destinados a transportar las tropas hacia la zona de Puerto
Argentino. El grueso de las tropas debió caminar, a campo traviesa,
mayormente de noche y cargando su pesado equipo, por casi cien kilómetros.
Esa epopeya es conocida entre ellos como el “stomp”.
Emprendimos el regreso, y me
costaba hablar, sumido en pensamientos de tristeza. El inglés,
simplemente, respetaba mi silencio.
Miraba esos campos vacíos,
esas soledades interminables, y sobre sus pastos de pálidos verdes y
amarillos, veía levantarse a los fantasmas de los soldados muertos,
vagando desorientados, espectros con raídos uniformes cubriendo sus
huesos descarnados, arrastrando los pies sobre el terreno inhóspito, sin
entender el porqué de lo que les había pasado. ¿Porqué, si hasta unos
pocos días antes de que los mandaran allí, habían sido muchachos como
otros muchachos, hombres como otros hombres, hoy estaban muertos, en esa
tierra desconocida, tan lejos, tan solos? ¿Por qué no pudieron volver a
sus novias, a sus esposas, a sus familias, a los amigos? ¿porqué?
Esas visiones aún están
conmigo, y estarán para siempre –creo- junto con las de los marinos del
crucero Belgrano, que duermen en el helado y profundo fondo del mar…
Esa noche pasó a buscarme
otra vez por la posada, y me llevó a su casa, para compartir la cena.
Antes de ella nos instalamos en el living, desde donde veía el mar,
apenas iluminado por las luces del poblado y, con una copa de vino en la
mano, charlamos por un rato, antes de cenar. Él es amante de los buenos
vinos y los disfruta, mesuradamente, sin caer en excesos. Me comentó
acerca de sus cualidades y me mostró algunos de los que tiene en reserva,
hablando de ellos con entusiasmo, y elogiando los vinos argentinos. Me
limité a escuchar, ya que mi cultura enológica, es lamentable.
Me explicó acerca de la
pesca, los permisos y los valores de los mismos, que los dueños de barcos
– como él – consideraban excesivos. Con interés escuché algunos detalles
de cómo es la tarea que realizan, y de cómo se comercializa el producto,
mayormente en el puerto de Vigo, en España, adonde es llevada en gran
parte por un barco ruso, al cual se trasborda la cosecha obtenida.
Vi que en su biblioteca
tenía numerosos libros acerca de la guerra del Atlántico Sur, todos en
inglés, claro está, y le pedí permiso para llevar alguno a mi
alojamiento, para ojearlo.
La charla siguió muy amena
durante la cena, y después, durante el café, me preguntó qué quería yo
hacer al día siguiente. Le dije que me encantaría ver los lugares donde lo
encontró a Philippi, y el refugio donde éste se guareció por dos noches.
Me dijo que sí, que no había problemas, y entonces le pregunté cuanto
tiempo nos llevaría ir hasta esos lugares. Cuando me contestó que
aproximadamente unas dos horas y media, pensé que era demasiado abuso de
mi parte, así que inquirí como eran esos parajes, si eran semejantes a lo
ya visto, y me dijo que sí, que eran lo mismo, y que, además, el refugio
ya no existía, pues se había quemado por completo hacía tiempo ya.
Entonces le propuse no realizar el viaje, con lo que estuvo de acuerdo
de inmediato, y creo haber advertido cierto alivio en su expresión.
Concordamos en que al día
siguiente iríamos a conocer sus oficinas, a cargo de su hijo, la parte
del puerto propiamente dicha, y un lugar de las inmediaciones, conocido
por la colonia de pingüinos que lo habita, aunque estos ya habían partido,
una semana atrás.
Me llevó a mi posada, y me
dormí, mientras pasaba revista a lo vivido durante ese día, oyendo el
suave murmullo del mar, que se llegaba hasta mi cuarto pequeño, como en
puntillas, para no molestar…
El miércoles recorrí la
población, de a pie. Así vi la iglesia anglicana, que es la principal,
la de Santa María, que es católica, la casa del gobernador, donde
murió el Capitán Giachino, de la
Infantería de Marina, primer muerto entre los nuestros, el clásico
monumento con los huesos de ballena, unos pocos restaurantes (el mejor es
uno chileno, dicen), pubs, el museo, distintos negocios, el único
supermercado, hoteles, antiguas casas que ostentan en su fachada el año de
su construcción (del año 1846 es la más antigua que vi, en perfecto
estado y habitada), y el pequeño puerto, donde algún lujoso yate de
velas estaba amarrado.
El poblado es muy prolijo y cuidado, de calles angostas, asfaltadas casi
en su totalidad, con todas sus marcaciones claramente pintadas y
respetadas por los conductores. Las calles paralelas al mar corren
niveladas, mientras que las transversales son empinadas. Me llamó la
atención que no siempre la señal de detenerse era para ceder paso al de
la derecha. Después comprendí que los que vienen cuesta abajo tienen
prioridad, ya que les es más difícil frenar. Un solo banco y un solo
hospital sirven al pueblo, y hay una sola escuela primaria y una
secundaria, pero de muy buen nivel. Los diez o doce policías con que
cuentan, controlan él transito, y no tienen más trabajo que algún hurto
ocasional, o alguna pelea ocasionada por los tragos. Recordemos que la
población urbana es de 1800 personas aproximadamente, con un total de 2400
diseminadas en las islas. Algo más de 2000 efectivos componen la fuerza
militar británica estacionada en Mount Pleasant, pero ellos tienen en la
base todo lo que puedan necesitar. Pude observar helicópteros, Hércules
C-130, VC-10 reabastecedores de combustible, y cazabombarderos Tornado. A
todos los he visto volar, la actividad de entrenamiento es diaria
El servicio aéreo, que dispone de cinco
aviones bimotores Islander, se ocupa del servicio entre las islas, y uno
de ellos, equipado con radar, controla la pesca ilegal. Un barco
extranjero había sido detenido, y estaba en el puerto, con sus
tripulantes viviendo a bordo.
.A lo lejos, hacia el lado del
aeropuerto, se observa en la bahía la silueta romántica del Lady
Elizabeth, navío de casco metálico y arboladura de velas, varado hace
muchísimos años. Maltratado por sucesivas tempestades, se va deteriorando
lentamente, añorando seguramente, sus ya lejanas singladuras en alta mar.
Otro casco, de madera y más pequeño, corre igual destino frente a la
población.
Algunas casas me llenaban de asombro, pues
con tierras tan duras y clima tan bravío, mostraban hermosos jardines,
llenos de verde y flores coloridas. Mucho esfuerzo y amor les habían sido
dedicados.
Me cruzaba con poca gente, seguramente
estaban en sus trabajos la mayoría. Algunos no me prestaban atención,
otros me saludaban con un tímido “Hello” y una leve sonrisa al pasar a mi
lado, como lo hizo un par de jóvenes papás, que paseaban en un cochecito a
su bebé, frente al mar, pese al viento frío y alguna llovizna ocasional.
Desde la ventana del hotel, observaba, a
pocos metros, como las gaviotas se zambullían para alimentarse del
abundante krill, visible a simple vista desde la orilla del mar, a escasa
profundidad.
Como en casi todos los días que pasé en
Puerto Argentino, llovía, dejaba de llover, salía el sol por un rato, y
vuelta a comenzar. Mientras, el viento, casi no se permitía descansar.
Tony pasó a buscarme, y fuimos a conocer
sus oficinas, ubicadas en el puerto. Allí me presentó a su hijo, quien
manejaba localmente a los barcos pesqueros. Uno de ellos, muy nuevo, había
sido sorprendido por una galerna de 70 nudos de intensidad (aprox. 128 km/h),
que lo arrojó sobre unos riscos, y el barco se perdió.
Luego fuimos a un depósito, en el puerto,
donde estaba en recorrida una embarcación auxiliar de su propiedad.
Esperamos entonces a otro lanchón, que llegó desde uno de sus barcos, al
mando de David, su hombre de confianza, quien me saludó amistosamente,
produciéndome su aspecto y sus maneras sencillas y francas, una agradable
impresión.
Después de que intercambiaron información,
partimos hacia un lugar, no mucho mas allá del aeropuerto, donde los
pingüinos anidaban, pero, como dije antes, estos se habían marchado la
semana anterior. Estuvimos en una playa, no muy grande, pero muy bonita,
enmarcada en una pequeña bahía, y de arenas muy, muy blancas. En el
sendero que la enmarcaba, algunos carteles indicaban que si bien se creía
que la playa no había sido minada, las marejadas podrían haber
arrastrado minas hacia la misma, por lo cual se aconsejaba no usarla. Y
nadie la usaba.
Una vegetación distinta, más verde y
exuberante crecía en el lugar, algo más protegido de los vientos fuertes,
que provenían casi siempre del sud y del oeste. Caminamos hasta donde
apenas se oxidaban unos cañones, que se usaron para proteger la entrada a
la bahía. Hubo batallas en los mares de las islas, durante la primera
guerra mundial.
Con su inseparable larga vistas, Tony
miraba el mar. Pronto me mostró al barco ruso que lleva el producto de la
pesca a España, y en una de sus bandas, un barco suyo, transbordando la
cosecha.
Hacia el temprano atardecer regresamos a su casa, donde, copa de vino en
mano, y mirando el mar a través de los amplios ventanales, hablamos
acerca de algunas iniciativas de acercamiento entre privados, que al
parecer, no despertaron ningún interés entre los miembros del consejo de
gobierno de las islas.
También comentamos su convicción de que,
de no haber existido la invasión de las islas, estas serían en la
actualidad, mayormente argentinas. Esta presunción se basaba en el hecho
de que la población total de las islas de aquella época, de 1800 personas,
iba disminuyendo cada año, a razón del
1%. Su principal fuente de ingresos, la lana, estaba con un bajo valor
internacional, y no había manera de hacer negocios de rentabilidad
razonable en las islas. Los jóvenes que se iban a estudiar, ya no
regresaban, y muchos mayores, quedándose solos, terminaban por seguirlos.
Para ese entonces, era posible encontrar
una casa en Puerto Argentino, por solo dos mil libras esterlinas, y aun
así, era poco probable que apareciera un comprador. Hoy en ida, una
propiedad familiar se cotiza en el orden de las 200.000 libras
esterlinas, y no se encuentran en el mercado, por lo cual es necesario
construir nuevas, lo que hace que la población se vaya extendiendo
paulatinamente.
Las propiedades, urbanas y rurales, podían
haber ido pasando, lenta y paulatinamente, a manos de argentinos, en
forma directa o indirecta. Es decir, sociedades constituidas en Uruguay
(por poner un ejemplo), pero de capitales argentinos, podrían haber hecho
las operaciones, en un proceso lento, pero seguro. Esta era solo una
teoría, pero su realización parecía factible, si nos hubiésemos dedicado a
hacerla viable, con tesón, paciencia y, sobre todo, con discreción.
La guerra, que dejó grandes
resentimientos entre los habitantes, pese a la civilizada y cuidadosa
manera en que fueron tratados los civiles, cuya
integridad, propiedades y pertenencias se
respetaron al máximo, terminó favoreciéndolos enormemente. Cabe mencionar
que las únicas dos bajas entre civiles (un matrimonio), fueron producidas
por un misil inglés mal dirigido (fuego amigo).
Después de terminado el conflicto, los
isleños consiguieron un mejor status legal ante Bretaña, fue construida
la Base de Mount Pleasant y hubo (y hay) un asentamiento de efectivos
importante en la isla. La base cuenta ahora con una pista de aterrizaje
que permite operar a los aviones más grandes de la actualidad, y pueden
volar a Gran Bretaña con la única escala de las Islas de Ascensión.
La industria de la pesca tuvo una
explosión, y actualmente es la mayor fuente de ingresos del territorio,
tanto para los privados que la emprendieron, como para el gobierno, que
recauda sumas importantes de los permisos otorgados a locales y
extranjeros. La mayor parte de las pesqueras locales, tienen socios en
España (en Vigo, casi siempre), y hacia allí derivan la mayor parte de su
captura, dedicándose sobre todo al calamar (barcos poteros) y a la
merluza, aunque no desdeñan ninguna especie de valor comercial, claro
está. Debido a la desconfianza que quedó después de la invasión, no
reparan sus barcos en la Argentina, prefiriendo los astilleros uruguayos y
otros, pese a las mayores distancias y a los mayores costos por los
trabajos. Las reparaciones mayores, o los equipamientos, suelen ser hechos
en España. También las tripulaciones, incluidos sus capitanes, son
reclutadas en otros países, muchos de ellos sudamericanos.
En cuanto al petróleo, la exploración
continúa. Hasta el momento, si bien de cada pozo perforado se extrajo el
combustible, en ninguno de ellos ocurrió que la producción fuera
económicamente conveniente, al menos en la actualidad.
Las arcas del gobierno local acumulan
reservas, que si bien no son muy impresionantes como suma total, divididas
por el número de sus habitantes, dan una suma per cápita, que hacen que
estos estén entre los más ricos del mundo. Entre los usos que el gobierno
da a estas reservas, está el dar becas a los estudiantes que van a Gran
Bretaña a seguir carreras universitarias, y estas becas incluyen gastos de
vivienda y viáticos. El gobierno local, asimismo, abre una cuenta de
ahorros para cada uno de los habitantes legales del territorio, y deposita
en ellas una libra diaria, por cada día que ellos permanecen en las
islas. No es una gran suma , pero al cabo de dos años, seguro que una
pequeña vacación paga pueden disfrutar, a cargo del estado.
De estas, y muchas cosas más, hablamos con
Tony, antes y en cada una de las cuatro cenas que con él compartí,
durante mi corta estadía en las islas.
Ah, y no faltaba el humor en nuestras
charlas!
Cada mañana, desayunaba en soledad,
mirando el mar desde mi mesa. Cambiábamos algunas frases con la señora
chilena, quien era muy simpática (y también bonita), y luego ella se iba
de regreso a sus tareas, dejándome bien provisto de huevos revueltos con
panceta, tostadas, mermelada y jugos. Como me levantaba relativamente
tarde, ese abundante desayuno, era también mi almuerzo.
El supermercado, que visité un día,
estaba muy bien provisto de todo lo que uno pudiera necesitar, incluidos
comestibles y frutas frescas, aunque los precios resultaban exorbitantes
comparados con los nuestros.
El jueves, día previo al de mi regreso al
continente, Tony me llevó a la aduana, donde pagué las tasas de
migraciones e inspección aduanera, lo acompañe al banco, donde él hizo
algún tramite y yo cambie dólares por libras malvineras (tienen su propia
moneda, y una libra esterlina vale igual que una local), al precio de dos
dólares por una libra.
Luego hicimos una recorrida por todo el
pueblo, más amplia que la que yo había realizado a pie, deteniéndonos en
la casa donde funciona el periódico local, “The Penguin News”, y
terminando en una visita realizada al museo local. Este contenía objetos y
fotografías de antaño, una hermosa y enorme maqueta de un barco velero, y
también un sector dedicado a la guerra. La visita a ese sector fue un poco
dolorosa, porque había utensilios, armas, y hasta una bandera capturada a
nuestras fuerzas.
Visitamos también una granja que funciona
en varios viveros, que protegían del clima, tan frío y ventoso, pero las
plantas no estaban en tierra, sino que era utilizada la técnica de la
hidroponía. Había en venta una razonable variedad de hortalizas, y también
algunos frutos.
Esa fue la única noche que cenamos fuera
de su casa, en un pub y restaurante situado en las afueras, hacia el lado
del aeropuerto. Allí alterné con varias personas, cosa que no había tenido
oportunidad de hacer previamente, sino en forma muy circunstancial, y fui
muy amigablemente tratado por todos.
Luego, Tony me dejó en la posada, para la
que sería mi última noche en las islas.
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