

Los días habían pasado, y debía dejar las
islas. Todo sucedió muy rápido, y, cuando aun no me acomodaba a saberme
allí, el tiempo se había acabado. Me recogí en mi pequeño pero acogedor
cuarto, y me dediqué a preparar el equipaje y arreglar mis cosas, mientras
pensaba que quizás era la última vez que vería esos lugares.
Me dormí,
arrullado por el ruido del mar y del viento, pensando en el vuelo que haría
al día siguiente.
Después de
mi acostumbrado (y reconfortante) desayuno, que tomé mientras miraba la
bahía, pagué la cuenta del hotel, me despedí de mi amable anfitriona, y
quedé esperando la hora en que mi amigo me pasaría a buscar.
El aeropuerto, que comenzaba a operar a las
0730hs (usan la misma hora que nosotros), cerraba a las 1630hs, razón por
la cual mi vuelo de regreso debía ser diurno, a menos que pagara una muy
costosa extensión de servicios de control de aeródromo, migraciones y
aduana. Como Puerto Deseado, mi aeródromo de destino, sólo operaba en horas
diurnas, decidí partir aproximadamente a las 1400hs, para aterrizar allá
aun de día.
Tony me pasó a buscar, y me ayudó en todo,
desde los breves trámites burocráticos, hasta cargar el equipaje y
reaprovisionar el avión de combustible y aceite. El combustible costaba algo
más que el doble de lo que cuesta aquí, y, para mi sorpresa, el aceite que
pedí (dos litros), me fue obsequiado. No llevé ninguna provisión esta vez,
ni alimento ni bebida alguna.
Luego de una breve despedida de los
funcionarios del aeropuerto que me habían atendido, me fui a retirar las
amarras, e hice la inspección exterior previa al vuelo. Al drenar los
tanques de combustible, salió una pequeña cantidad de agua de uno de ellos
(tiene cuatro), pero cuando moví los alerones con mi mano, salió una gran
cantidad, y supongo que algo más quedó atrapada en la estructura de los
mismos. Lo mismo pasó con los elevadores. Pensé que al efectuar el carreteo
y en la parte inicial del vuelo, si realmente algo quedaba, iba a ser
expulsada. Preparé el navegador satelital, que en ese cielo tan abierto,
recibió de inmediato señales de varios satélites, posicionándose
rápidamente.
Con todo listo, me despedí también de Tony,
agradeciéndole toda su atención para conmigo. Fue el mejor anfitrión que
pude tener. No hablamos mucho, apenas algunas pocas palabras y, después de
un cálido apretón de manos, di media vuelta y trepé a mi avión. Puse en
marcha el motor sin ningún contratiempo, pese al frío y a la mucha lluvia y
viento que habían castigado el lugar durante mi estadía. Mientras dejaba que
tomara temperatura, ordenaba la cabina, poniendo a mi lado, en el vacío
asiento del copiloto, la cartografía que iba a necesitar, el teléfono
satelital, y una planificación del vuelo, con distancias y tiempos
previstos, frecuencias de los distintos controles, etc., a efectos de
minimizar la consulta a las cartas que contienen algunos de estos datos. La
aguja que indica la temperatura de aceite comenzó a marcar, así que ya era
hora de comenzar el rodaje. La operadora de la torre de control, (Bernardette,
a quien ahora conocía y ya no era sólo una voz en mi radio), me autorizó
el carreteo a la cabecera en uso, me pasó mi permiso de tránsito con el
código de transponder, para que el control radar me identificara
positivamente.
Comencé a rodar, mientras el inglés agitaba
su mano desde la plataforma, diciéndome adiós. Agité también mi mano,
mientras mentalmente decía, “adiós, Tony, adiós"
Exactamente a la hora prevista, las 1400hs,
despegamos rumbo a Deseado, mi avión y yo. Fue desde la pista 27, mirando
hacia el oeste, y a poco de dejar el suelo, a mi izquierda quedó Puerto
Argentino, al cual miré con cierta nostalgia, no sabiendo si algún día
volvería. Con rápidas y sucesivas inclinaciones de alas, me despedí de él.
Habiendo
sobrepasado las últimas estribaciones del poblado, viré a estribor,
buscando inicialmente el rumbo 300 grados, mientras ascendía a 5000 pies.
Una vez establecido en ese rumbo, activé el navegador satelital (GPS), y
éste me indicó con precisión mi curso de regreso.
Al cabo de pocos minutos, la torre de
control me llamó y me indicó pasar con el control radar: “Lima Víctor
Hotel Ex-may Charle, change now with Island Radar. Have a good flight”
Hubiera querido decirle: “gracias Bernardette, espero que estés bien, y
oírte de nuevo en algún otro vuelo”, pero me atuve a los reglamentos, “With
Island radar, thank you very much,
good bye, Stanley”
Pasé con el control radar, y una voz
femenina desconocida me contestó (el radar está en Mount Pleasant), y esa
voz me dio algunas indicaciones, y me acompañó luego por un largo trecho.
Volé unos quince minutos sobre tierra, y al
cabo de ellos, ya sobre el mar, una larga península que tenía a babor, se
extendía paralela a mi derrota durante un tiempo. Ya divisaba, sobre la
misma banda, a la Gran Malvina, lejana, pero mucho más nítida que a mi
llegada. Lentamente, todo fue quedando atrás. Divisé un peñón rocoso, que se
erguía bastante más adelante, solitario, desafiante, lo último que vería de
esas tierras lejanas que había visitado. Cuando estuve casi sobre él, me
impresionó su soledad, su fortaleza rebelde, risco de altas rocas que el
mar golpeaba con furia, deshaciéndose en penachos de espuma blanca, muy
blanca.
Giré mi cabeza, esforzándome por verlo
cuando apareció otra vez, detrás de mi ala izquierda, hasta que finalmente
estuvo fuera de mi vista, quedándonos los dos, nuevamente solos.
Por encima de mi avión, un cielo de un
celeste muy puro, se repetía hasta el infinito. Lo recorría con mi mirada,
una y otra vez. No había en él ni una sola nube: solo el techo sin límites,
del que, a mi estribor, colgaba un sol brillante y dorado, que me
entibiaba, amistosamente.
Por debajo, el mar. El mar enorme,
interminable, que me mostraba su azul increíblemente hermoso, increíblemente
intenso, mientras enarbolaba en la cresta de sus olas, corderitos blancos,
con los que el viento tenaz las adornaba.
Por algunas horas, disfruté de esta visión,
de esta inmensidad (que me hacía sentir tan minúsculo), de esta soledad
enorme, que provoca sentimientos que no puedo transmitir con palabras,
porque no encuentro las adecuadas.
Allí estábamos, mi avión, viejo y pequeño, y
yo, que me sentía como él. El ronroneo tranquilo y regular de su motor, era
casi parte del paisaje, un arrullo que aumentaba mi placer. Solo se vería
interrumpido al agotarse el combustible de los tanques auxiliares (volaba
con la técnica de secar el tanque), pero, al cambiar la llave selectora a un
depósito principal, inmediatamente recuperó su marcha normal y confiable.
Me sentía muy solo, sí, pero al mismo tiempo muy a gusto, muy seguro, muy
confortable. Nada había que yo deseara en esos momentos, porque sentía que
lo tenía todo...
El sol fue declinando su altura
paulatinamente, pasando de mi derecha a mi izquierda, del este, hacia el
oeste. El resto era inmutable, y cada tanto giraba mi cabeza, a uno y otro
lado, mirando ese horizonte lejano, que me rodeaba con una mágica
circunferencia que nada interrumpía. Y como nada en el paisaje cambiaba,
parecía como que estábamos detenidos en él, sin avanzar ni una milla, mi
avión y yo.
A lo largo de las horas, no divisé ni un
solo barco, y menos aun, claro, ni un solo avión.
Aproximadamente hacia la mitad del vuelo, el
control radar de las islas se despidió, deseándome buen vuelo. Con pena,
agradecí y me despedí. Esta vez me comuniqué sin problemas por medio del
teléfono satelital, y más adelante, un avión de la Fuerza Aérea y uno de
Aerolíneas Argentinas, retransmitieron mi posición al control de Comodoro
Rivadavia.
Hay una sensación, una emoción que sentí, a
la que no sé muy bien como describir. Tal vez se parezca a lo que sentimos
cuando estamos disfrutando –por ejemplo- del ver y oír una hermosa ópera,
una obra maestra del arte, y reconocemos los acordes que nos indican que el
final de la misma se aproxima. No queremos que esto suceda, deseamos
prolongar el placer, comenzar de nuevo, detener el tiempo. Pero no podemos,
y la ópera se acaba.
Una pena, una frustración semejante, es la
que sentí al divisar, allá en la lejanía, sobre el horizonte, la línea
borrosa de la costa...
Había cumplido mi sueño. Y
al cumplirlo, me quedé sin él...
( Nota cedida gentilmente por su
protagonista para
hangar57.com) 
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