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En la
casa de Miguel Fitz Gerald hay mucho movimiento, porque le festejan sus 80
años. Y él, hijo de padre y de madre irlandeses, acomoda su cuerpo alto y
flaco en un sillón del living para relatar la hazaña de su vida. Es su
propio festejo. Quizá Miguel no lo sabe. Al menos por la forma en que lo
cuenta, pareciera que aterrizar en las islas Malvinas en l964, difundir una
proclama y plantar una bandera argentina en ese suelo fue una ocurrencia que
tuvo. Va desgranando paso a paso esa historia tan familiarizada con él, que
una primera impresión puede hacerle a uno pensar que Miguel no le da
demasiada importancia, que hizo algo que creía que debía hacerse, y ya. Pero
Miguel llevó a cabo, hace 42 años, un sueño que tuvo, y su Cessna quedó
estampado en ese año que lo tuvo por protagonista.
Ser piloto
civil, dice, es una vocación. “Ya a los seis años tenía esa chifladura”,
sintetiza. A los 16 voló planeadores y a los 20 aviones con motor. Trabajó
en Aerolíneas, hizo fotografía aérea, taxi aéreo, remolque de carteles. El
aclara: “Menos fumigación y contrabando, hice de todo”.
Ese año, 1964,
Malvinas estaba en la agenda de la ONU. No por iniciativa del gobierno
argentino, sino por decisión de la Asamblea, se iba a tratar el tema de las
colonias en América. Y en los hangares del país, en las charlas entre
pilotos, aparecía y reaparecía un sueño: mandarse, plantar bandera.
Miguel decidió
que lo haría. Un amigo suyo trabajaba en La Razón y averiguó si al diario le
interesaba la cobertura. A Miguel a su vez le interesaba la difusión, porque
podía ser sancionado por la Fuerza Aérea con una suspensión severa. El viejo
Félix Laiño (editor del diario de los Peralta Ramos) no se interesó para
nada. Pero acababa de salir otro diario, Crónica, y a su joven director se
le subió ese viaje a la cabeza. “Me ofreció el avión, la nafta, los gastos,
si viajaba conmigo un fotógrafo del diario. Pero ese viaje era mío. Yo
solamente quería que me hicieran una nota cuando volviera, para cubrirme.”
El Cessna se lo
prestó finalmente Siro Comi, el presidente del Aeroclub de Monte Grande, que
era representante de esa marca de aviones. Fue redactada la proclama que
reivindicaba a las islas como argentinas, y Miguel partió rumbo a Río
Gallegos, hacia su hazaña personal. Era el 8 de septiembre de 1964 y ese
mismo día él cumplía 38 años.
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Quince minutos
“Cuando uno está volando y
está haciendo algo arriesgado, no piensa en nada más que en eso. Está
concentrado en lo que está haciendo. Yo soy así, muy cerebral”, dice
Miguel, como si haber hecho lo que él hizo no exigiera al menos un impulso
fenomenal. En Río Gallegos, su pista de despegue fue la del Aeroclub, que
no tenía torre de control monitoreada por la Fuerza Aérea. Y se mandó. Y
cuando lo cuenta vuelve atrás.
“Yo salgo de Gallegos, vuelo
mar adentro, a las tres horas y quince minutos veo el archipiélago. Desde
arriba se ve un rectángulo como de cien islas e islotes. Voy diciendo
‘operación normal’, y en Gallegos hay gente que entiende lo que digo.
Cuando sobrevuelo el archipiélago, una capa muy densa de nubes me impide
ver. No puedo zambullirme entre las nubes, porque en alguna parte de ese
rectángulo hay un cerro de seiscientos metros de altura. Espero un claro.
Lo veo. Y me lanzó hacia debajo de la capa de nubes, identifico Puerto
Stanley, busco la pista de cuadreras, y aterrizo. Me bajo del avión, saco
la Bandera y la cuelgo del enrejado de la cancha. Viene un hombre de los
que se habían juntado a ver el aterrizaje. Me pregunta si necesito
combustible. No se le ocurre que soy argentino. Le doy la proclama y le
digo: ‘Tome, entréguele esto a su gobernador’. Me subo al avión y vuelvo a
Gallegos. Habré estado en Malvinas unos quince minutos.”
Cuando llegó a Río Gallegos,
Héctor Ricardo García, el director de Crónica, empezó a jugar su papel.
Crónica tenía la primicia. El título en letra catástrofe fue: “Malvinas:
hoy fueron ocupadas”. Ese día, 8 de septiembre de l964, no se habló de
otra cosa. La Razón registró uno de los días de más bajas ventas de su
historia. Su competidor llamó la atención e inauguró un estilo
periodístico. Cuenta la leyenda que hasta ese día los diarios no aceptaban
devoluciones, pero los canillitas presionaron tanto a La Razón para
devolverle sus ejemplares que ese antecedente después modificó el negocio
y la relación entre los dueños de los diarios y los repartidores.
Al volver a Buenos Aires, en
Aeroparque, los muchachos de Tacuara esperaban a Miguel. Lo subieron a un
jeep y lo llevaron a dar vueltas por la ciudad, como a un héroe. Ese
recibimiento y el festejo popular impidieron a la Fuerza Aérea suspender
la matrícula de piloto de Miguel: fue solamente apercibido.
Miguel busca la tapa de
Crónica, y no la encuentra. No es de extrañar en un hombre que hizo lo que
hizo y ni por un momento se lamentó de no tener una foto que hubiese
registrado la hazaña. Miguel es un piloto solitario que ya dos años antes
había hecho el primer vuelo sin escalas desde Nueva York a Buenos Aires.
Ayer, cumplió ochenta años, y parecía satisfecho de la vida que ha vivido.
Fuente: página 12 - Republica Argentina
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