|


Nunca he sido hombre de ponerme a escribir largo. Sólo lo
necesario, sintético, escueto. En realidad, nunca he escrito más que cartas,
o mail, o notas formales, y siempre honrando la brevedad. Me falta ese don
de dar a una narración bellas palabras, que transmitan cada pensamiento,
cada emoción, de manera que hagan vibrar a quien los lee, como si
fueran invisibles pero presentes testigos o, mejor aún, los protagonistas
de la historia.
Fui, más bien, hombre de acciones. Me resulta más
fácil hacer que decir, pero cuando de transmitir una historia se trata,
esto no es más que un obstáculo, un estorbo
Quiero contar una historia, una pequeña
historia, que está dentro de otra historia, que es la guerra del Atlántico
Sur, que está dentro de otra mas grande aún, la historia de nuestra Patria.
He
sido - aunque no por mucho tiempo – piloto aviador naval, y aún soy aviador.
Es desde este pasado, de aviador-marino, que puedo comprender cada pequeño
detalle de los sucesos que les contaré, y que me conmueven aún, cada vez que
los recuerdo.
No
soy joven y, ciertamente he pasado -también ya- mi madurez. Me he retirado
de la vida profesional, después de muchos años como piloto de vuelos
internacionales, habiendo volado para empresas argentinas y de otros países,
como Nueva Zelanda y las Islas Fiji. Tengo una extensa y variada experiencia
de vuelo, ya que he sido piloto de portaaviones, instructor de vuelo y de
simulador de vuelo, piloto de línea, fumigador, taxi aéreo, etc.
Al cumplir mis sesenta años fue cuando me retiré
definitivamente de la profesión, habiendo sido por diez años comandante del
Jumbo 747 y habiendo volado por variados lugares en el mundo.
Estoy entrando en los años en que el pasado ocupa tanto
de mi pensamiento, como el presente mismo. Ese pasado es un arcón lleno de
recuerdos, recuerdos de variados colores, ya intensos, ya apagados,
almacenados en aparente desorden, pero en el cual, curiosamente, han
perdurado las bellas memorias, y apenas si encuentro de las malas (y creía
haberlas puesto todas allí…pero las malas, se han ido).
Aún
viviendo con intensidad cada nuevo día, sé que se van yendo, uno a uno,
con rapidez, escurriéndose de entre los dedos de mi mano, como esos
granitos de arena caliente que recogemos
en la playa, pretendiendo retenerla, vanamente.
He visto crecer a mis hijos, y lo han hecho, para mi
gusto, demasiado aprisa. Pero atesoro un sin número de pequeños recuerdos,
como espiar, con su mamá, el asomar de sus primeros dientecitos, blancos
granitos de arroz en sus risas inocentes. Son ya un hombre y tres mujeres
que me llenan de orgullo. Dos nietas han venido a alegrar mis tiempos,
bullangueramente, y a todos ellos los tengo, gracias a Dios, muy cerca. La
dulce y preciosa adolescente,
que aun vestía uniforme escolar y olía a chocolate cuando la conocí, y con
la que me casé hace tantos años, mi compañera querida, ha recorrido un
camino largo también, y lo hemos hecho juntos, y aún estamos unidos, al
cabo del sendero. Y agradezco por ello.
Por el tiempo vivido, he recogido, (como todos nosotros),
un patrimonio de experiencia, que es el regalo que ese tiempo nos deja
cuando pasa, como una compensación por los días que nos va restando. Mis
oídos ya no oyen como antes, mis ojos ya no ven como antes, los olores y
aromas ya no son tan intensos. Pero el corazón siente como antaño, y tal vez
más. Y no está mal que así sea...
Desde apenas un chiquilín,
soñaba con ser aviador. Y cuando el tiempo apropiado por fin llegó, empecé,
como tantos otros, un camino largo y difícil para lograr lo deseado. Y, como
muchos otros, lo logré. En la Armada - que fue mi elección para seguir mi
carrera - solo recibí buenas enseñanzas. Se me inculcó incansablemente
acerca del honor, el valor de la palabra y de la verdad, la hombría de
bien, la honestidad, el coraje, y la profesionalidad de primer nivel. Y
conocí también allí,
muchos hombres de valor. La pequeña historia de unos pocos días en la vida
de uno de ellos, es la que voy a contar.
Alberto Philippi había
comenzado la carrera,
un año antes que yo, para seguir el mismo destino, con la misma pasión, la
pasión por la libertad del vuelo, esa inefable sensación de estar alto,
donde están las aves, y más alto aún, donde ya no llegan, montando un
pájaro de fuego y de metal, estrepitoso y suave a la vez, obediente y
exigente al mismo tiempo, capaz de dar sensaciones maravillosas de
libertad absoluta, pero celoso y listo a castigar –terriblemente-
si
esa embriaguez de libertad llevaba a cometer algún error.
Él terminó su carrera y fue destinado a una
escuadrilla operativa, la misma a la cual yo también fui
destinado al año siguiente, luego de haberme recibido. Juntos
volamos muchas veces, y juntos también, jóvenes de apenas 23 ó 24 años,
fuimos pilotos de portaaviones. Hay muchos otros compañeros de esta época
hermosa de mi vida, con los que compartí tantas cosas, tantos momentos y
tiempos, pero sólo quiero ahora narrar esta pequeña historia de dos hombres,
muy diferentes entre sí, por su origen y cultura, pero a quienes la
vida reunió y crearon, juntos, una amistad maravillosa, que fue más allá
de las penosas circunstancias que los separaban.
No hay en mis palabras
connotaciones políticas de ningún tipo. Sólo narro la historia de una
amistad singular, y la de un vuelo por ella inspirado.
Reg. Propiedad
Intelectual 412483/05
|