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CAPITULO I

MALVINAS > HISTORIA DE UN VIAJE

VUELO NOCTURNO A LAS ISLAS MALVINAS

CAPÍTULO I
"Una pequeña historia"


Por: Jorge Dejean

Año 1982.  
La guerra de las Malvinas estallaba. Hasta el año anterior, el Capitán de Fragata Alberto Philippi  había sido el Comandante de la Escuadrilla Aeronaval de Ataque integrada por aviones Douglas A4Q Skyhawk. Por aquello del honor -que nos habían enseñado incesantemente- al desatarse el conflicto bélico, solicitó regresar a la unidad, no queriendo sentir que abandonaba a compañeros y subordinados en momentos tan difíciles,  y fue designado como piloto adscrito a la misma. Sentía que su deber era estar allí, entre ellos, y arriesgar su vida  en la operación que le tocara,  como  cualquier otro piloto lo haría pronto.



Su primera misión fue el 21 de mayo de 1982. Era el oficial de mayor jerarquía entre los pilotos de los seis aviones asignados. Despegaron  desde Río Grande, en la Tierra del Fuego, hacia el estrecho de San Carlos, donde se sabía estaba una parte importante de la flota inglesa, apoyando el desembarco de tropas que allí ocurrió.



Portaban pesadas bombas, de alto poder destructivo. Bajo sus alas, los tanques suplementarios que llevaban, les daban  apenas el combustible necesario  para un solo ataque, y el regreso inmediato a Río Grande.

Los días eran cortos en esa época del año, y la meteorología no se presentaba de lo mejor, aunque permitía la operación. Volaron muchas millas, sobre el helado Atlántico Sur. A medida que se aproximaban a la zona  donde esperaban encontrar  a los barcos ingleses, fueron descendiendo más y más, para evitar ser detectados tempranamente por los radares enemigos, siempre alertas.

Sentían miedo, claro está, pero seguían adelante. Era un miedo que no los paralizaba, que no los hacía retroceder, que no distraía su atención,  agudizada  al extremo.

Bajaron hasta casi la altura de las olas, y los ojos de los pilotos escudriñaban  el horizonte, tratando de ver antes de ser vistos. Volaron pegados  a las irregularidades y  colinas de la costa del estrecho que separa ambas islas,  procurando así que sus ecos se  confundiesen  con ellas en las pantallas  de los radares  británicos.

Hicieron  contacto visual  con los buques de la flota inglesa. El latido de los corazones se aceleró aún más.



Pronto tuvieron que dejar el refugio de la costa y dirigirse a su blanco. Todo pasa muy rápido  en un avión. Una fragata fue elegida  y,  con un viraje decidido, le pusieron proa, quedando expuestos a la inmediata detección  y ataque por parte de los barcos británicos. Los aviones se separaron para la acción, aullando, a muy baja altura, grises, aterradores,  obedientes a la mente y mano nerviosa de sus pilotos.



Y el cielo estalló. Los buques desataron  una furiosa lluvia de misiles, cañones, ametralladoras. A algunos misiles se los veía venir -muerte voladora-  dejando la estela de humo que los delataba. Fuego, explosión, y la nada.

El infierno solo duró un minuto, tal vez dos, pero la eternidad parecería breve por comparación.  La adrenalina fluía a raudales en la sangre  de los pilotos y, seguramente,  también en la de los marinos ingleses. No se odiaban, no trataban de matarse. Solo había que “derribar al avión”, “neutralizar al barco”. No se pensaba en los hombres que los tripulaban, en  el aire, o en el mar. Era como si aviones y naves fueran tripulados por robots, o fantasmas…

Los aviones grises, los barcos grises, el día gris. El fuego, el estruendo, el humo…

La fragata estaba ahora más cerca, dejando una hirviente estela blanca en el agua azul, tratando de huir, inútilmente. Y,  de pronto, los barcos dejaron de atacarlos. Una extraña, fantasmal  calma,  llegó. Si dispararan  ahora, defendiéndose de la muerte  que se aproximaba, rugiendo a ras del agua, podrían  herirse entre sí. Debían esperar, inermes, indefensos, por unos segundos interminables, hasta que los aviones atacaran, dejando caer su carga de dolor y destrucción. Sus tripulantes también sentían miedo.

Philippi tenía a la fragata en su mira. Sus cañones y ametralladoras escupieron fuego. Descargó todo su armamento,  lanzó sus bombas, y se elevó, para pasar sobre  el barco. La mente estaba extrañamente fría y  lúcida. No sabía si alguna de sus bombas había impactado. Escucho un: “Bien, señor”, que le dio un  primer indicio. Luego se enteraría: la fragata “HMS Ardent”, ardía mortalmente herida, y se hundiría en poco tiempo, en el mar azul y frío.

De los seis aviones, solo tres regresaron a la Tierra del Fuego. Tres pilotos quedaron también en las islas, y uno de ellos,  para siempre. No llegaría  jamás de vuelta,  a abrazar a sus hijos, a su esposa, a sus padres, a los amigos. En vano lo esperarían, hasta que  la noticia terrible llegara, y aún así,  tendrían todavía esperanza,  que guardarían muy dentro de sus corazones, inútilmente,  por largo tiempo…

Philippi sabia que pronto sería atacado otra vez, por barcos y aviones. Se pegó al agua nuevamente, arrojó los tanques suplementarios que,  ya vacíos, solo servirían para quitarle velocidad, y posibilidades de vivir. Sin la pesada carga de las bombas y los tanques suplementarios, cuando aplicó acelerador a fondo, el Skyhawk dio un salto hacia  adelante. La potencia de su turbina estaba al máximo y la velocidad se incrementó en un instante. Inició zig-zags violentos para dificultar  la puntería del enemigo Volaba  a 500 nudos, haciendo maniobras evasivas en forma continua. Pero  no fue suficiente. Sintió un brutal impacto,  el avión vibró y saltó disparado hacia arriba, mal herido, agonizante. Un Sea-Harrier inglés lo había perseguido e impactado con un misil. No tenía control alguno sobre el aparato, los controles no respondían, y  pensó que el avión iba  a estallar o iba a desintegrarse en cualquier momento. Su amigo, su avión. Tuvo suerte que salió disparado hacia arriba y no hacia abajo, pensaría luego. Aun veía las trazadoras de las armas enemigas…

En un instante, decidió abandonar el avión. Sabía que la velocidad de eyección segura se encuentra entre 0 y 250 nudos, y él iba a 500, en el momento de recibir el impacto. Como salió disparado  hacia arriba, y ascendía vertiginosamente,  debía ir ahora a algo menos, 450 nudos, tal vez (aprox. 835 Km./h).

Eyectó. Como en un sueño, vio la carlinga desprenderse y volar. Un ruido ensordecedor lo envolvió. El viento era formidable a esa velocidad, sintió la tremenda presión sobre su cuerpo, la cara se deformaba, el casco y la máscara de oxígeno que llevaba puestos desaparecieron, no sabe cómo. El cohete impulsor explotó y el asiento fue expulsado. Debido a la excesiva  velocidad del avión,  el asiento, con el hombre atado,  empezó a girar a la velocidad de un motor eléctrico. Perdió el conocimiento  en el mismo  instante. Todo había sido como un sueño, y ahora, ya no soñaba más, sólo había un vacío, la oscuridad….

El complejo mecanismo automático del asiento eyector,  funcionó  perfectamente. El asiento se separó del piloto y el paracaídas se desplegó, frenando el  violento girar.

Aturdido aún, comenzaba a tomar conciencia de lo que sucedía: estaba colgado del paracaídas, que  lo sostenía,  con su tela liviana, inflada y extendida... Abajo, estaba el mar. El helado mar. Tenía puesto su traje anti-exposición. Si no lo tuviera, al caer al agua, perdería la conciencia en unos quince o veinte minutos, y en media hora aproximadamente, moriría de frío. Con su traje tenía unas dos horas, tal vez tres,  antes de dormirse en las  aguas heladas.

Pensó en su mujer, en sus hijos, en su casa de Bahía  Blanca. Había flores en el jardín cuando se fue, flores de otoño, y hojas amarillas y ocres en los árboles  y  en el suelo.

Le gustaba caminar sobre las hojas secas de su jardín, sentirlas crujir bajo sus pisadas… ¿volvería? No apostó porque sí, ni porque no. No contestó su propia pregunta. Sí, sus hijos, su esposa, las flores del jardín… quería  volver.

Se aprestó al amerizaje inminente, su mente funcionaba  lúcidamente ahora.  Tomó el bote salvavidas sobre el cual iba sentado, y que tenía atado a su cuerpo, y trató de inflarlo, tirando de la manija correspondiente. El bote no se infló, y pensó  que era porque estaba  débil, así que se concentró en otro tirón- “más fuerte, más fuerte”. La manija se quedó, rota,  en su mano,  pero  el bote no se infló: había fallado. Todo iba  a ser más difícil ahora, tenía menos posibilidades de vivir.

No estaba muy alto sobre la superficie del mar y se preparó: debía desprenderse del paracaídas, antes de tocar el agua. Si no lo hiciera, y el paracaídas  se  desinflaba sobre él, la tela y las cuerdas podrían enredarlo y,  lentamente, llevarlo abrazado hacia el fondo del abismo azul, para siempre. Desprendió  el arnés de las piernas, y esperó. A unos tres metros del agua, desprendió el de pecho, y cayó, hundiéndose en el mar  gélido. El paracaídas fue llevado por el viento, lejos de él. Salió a la superficie, aspirando con ansia el aire frió, e infló el chaleco salvavidas. Se sentía aliviado. La costa no estaba demasiado lejos, tal vez pudiera llegar, tal vez lo lograría….sí, quizás lo lograría.

Comenzó a nadar, y pronto notó que algo le impedía avanzar, algo lo tomaba debajo del agua, frenándolo. Extendió  la mano y tocó, sin ver. Eran algas, abundantes, con tallos largos y enredados,  los kelps. Tenía su cuchillo de supervivencia atado en la pierna, y lo sacó, cortando trabajosamente  las enmarañadas y flexibles ramas.

Ahora si. Nadó, y nadó, y nadó. Se sentía exhausto, pero la costa no estaba lejos, tal vez había una esperanza de llegar, de volver a casa, a sus hijos, a su esposa, al jardín con las flores de otoño….

Y, finalmente, llegó. Las piernas estaban  débiles, apenas lo sostenían al salir del agua. .Era Mayo y los días  eran cortos, tan al sur. Debía buscar refugio para pasar la noche. La luz diurna empezaba a volverse lánguida, tenue, como un candil que se consume. Tomó conciencia de que se había  lastimado malamente un dedo, y de que una pierna le dolía. Rengueaba al caminar. “Fue  en la eyección –pensó- seguro”. El Skyhawk tiene una cabina muy pequeña, y él no era un hombre pequeño.

Buscó un terreno blando, y, cerca de la costa aún, cavó con su cuchillo un pozo, el llamado “pozo de zorro”, que es –lúgubremente- del tamaño de un ataúd. Pero lo protegería algo del viento helado, y de la vista del enemigo, si lo hubiera. Ya llegaba la noche, y se acostó en su cama de tierra empapada, aterido. Por momentos dormitaba, pero el frío que atenaza lo despertaba a menudo, y entonces se paraba y caminaba, pateando el suelo, moviendo los brazos, abriendo y cerrando las manos, para evitar el congelamiento. Miraba el cielo, y estremecido por el viento helado,   se preguntaba  “¿Por qué?”. Y regresaba al pozo. Dormitaba y soñaba y se despertaba,  una y  otra vez,  interminablemente.

Al amanecer, fuertes y muy cercanas explosiones lo hicieron saltar de su refugio. Con la débil luz  de un sol aún bajo el horizonte, vio la silueta de un barco, el Río Carcarañá. Tripulado por civiles, llevaba aprovisionamiento para las tropas argentinas, cuando los ingleses lo atacaron y averiaron, y la tripulación, sin gobierno sobre él,  lo varó y  abandonó en la costa cercana. Philippi pensó que, al activarse la radiobaliza de emergencia que llevaba consigo,  ésta transmitió señales que los ingleses interpretaron como provenientes del  buque varado, y, tal vez, pensaron que  alguien estaba tratando de salvarlo, o de recuperar su carga, por lo que destacaron un navío que empezó a cañonearlo. Los proyectiles que pasaban sobre el barco, eran los que caían cerca de él. Se levantó, claro, y lo más rápido que pudo, se alejó de allí.

Caminó y caminó, a campo traviesa, sin hallar sendero alguno, en un paisaje desolado que se repetía a sí mismo, hasta el atardecer, trabajosamente, pisando a veces la turba blanda, que rezumaba agua bajo su peso, a veces el duro pasto que ni las ovejas comían, evitando los roquedales, tan abundantes en las islas.  Caminó, con su pierna  dolorida, en la dirección en la que pensaba que podría encontrar tropas propias. Y mientras lo hacia,  pensaba, pensaba en sus compañeros ¿quiénes  habrían caído? ¿quiénes habrían regresado? Venciendo el frío, el dolor, la debilidad y la fatiga, caminó y caminó.

Con las últimas luces del día breve, vio lo que parecía una casita.  Se acercó, y resultó ser un refugio, que solían  usar los hombres de campo, cuando eran demorados por la nieve que ciega, o una niebla inoportuna Estaba en mal estado, y se veía que no era usado ya. Era mayormente de madera,  pero tenía un hogar de piedras. Debía encender un fuego si deseaba sobrevivir, pues no sabía si podría soportar, mucho más debilitado ahora, otra noche de frío intenso. Con su cuchillo,  cortó maderas de donde pudo,  algunas grandes, otras más chicas, y otras más chicas aún, astillas apenas. Sabía que si arrimaba un fósforo a un leño grande, éste no encendería. Prolijamente colocó cada trozo, los más grandes arriba, los más pequeños debajo, en  la pirámide que había armado.

De su chaleco salvavidas, sacó una bolsita impermeable que contenía fósforos. Estaban mojados. Pero aún había una chance: el chaleco tenía en uno de sus bolsillos una bengala, dividida en dos mitades. Una mitad,  con la leyenda “Día”, desprendía al activarla un intenso humo rojizo,  por si avistaba  a  alguien que lo buscara durante las horas diurnas, señalando así  su presencia. La otra mitad, con la leyenda “Noche”,  daba una intensa luz blanca, muy visible en la oscuridad. Pero además, su elevada temperatura permitía encender fuego también. “Tenía que funcionar, tenía que funcionar”… Jaló el aro que la activa y…..sí, sí, ¡funcionó! La intensa luz daba también un intenso calor. Las maderas comenzaron a arder, y pronto sintió,  por fin,  un poco de calor que llegaba a su cuerpo entumecido. Él debía cuidar del fuego, y el fuego de él. Ambos se necesitaban para permanecer vivos.

Sintió un gran cansancio. Estaba débil, debido al enorme esfuerzo  que venía haciendo, en esas duras condiciones,  sin comer, y solo bebiendo, a veces, un poco de agua derretida de restos de nieve sucia, pisoteada por los animales, restos de una  nevada temprana. Si,  estaba débil, y cansado.

Se acostó frente al fuego y quiso imaginar  su regreso, la vuelta a casa, pero la imagen de sus compañeros de misión se interponía. ¿Que habría sido de ellos? Al cerrar sus ojos, los veía, reunidos en  el pre-vuelo, escuchando atentamente las instrucciones que recibían para la misión, y después,  atentos a lo que él, como líder de la escuadrilla,  les dijo antes de partir. No les habló mucho, todo estaba claro y todos sabían lo que tenían que hacer. Se estrecharon las manos,  mirándose a los ojos. Cada uno sabía que podía ser la última vez. Y se quedó dormido….

Pero el descanso  se vería interrumpido muchas veces. El suelo era duro,  y dolía el cuerpo,   y sentía frío del lado que no miraba a las llamas, y todo esto lo hacía despertar con alguna frecuencia. No obstante, estas interrupciones le permitían  cuidar  el fuego que le daba  un tenue, pero vital calor. Lo avivaba sin malgastar su provisión de leña, regulándola para  que alcanzara  para la noche larga. Los pensamientos también lo desvelaban, ¿quién  habría podido regresar? ¿quién no?. Él no había regresado, pero aún estaba vivo. ¿Habrían avisado a su familia? “Desaparecido en acción”, eso diría el informe cuando hablaran de él.

La claridad que llegaba lo hizo levantar, su cuerpo estaba  dolorido. No sentía hambre, pero debía comer, si  quería sobrevivir. Aún tenía consigo el arma,  con sus municiones  intactas. Había visto ovejas,  debía ser fácil  cazar una. Él era aficionado a las armas y practicaba con frecuencia en el polígono, era un buen tirador, no  sería difícil

Salió al campo y divisó animales, no muy lejos. El viento, fuerte y frío, soplaba sin cesar nunca. Caminó con lentitud, silencioso, hasta situarse a unos veinte metros de  una oveja. Apuntó, disparó, y  erró. No lo podía entender, era un tiro fácil. Tal vez fue  por causa de las manos entumecidas, por el viento,  o  la debilidad que sentía, no sabía. Pero erró. La detonación asustó y ahuyentó a todos los animales, a gran distancia. Ahora todo iba a ser  más difícil.

Vio un corral, se acercó y verificó que tuviera puerta y que ésta se pudiera cerrar. Sabía que podía llevarle mucho tiempo, pero decidió que iba a arrear, hasta allí, algunas ovejas y corderos,  para no volver a fallar. Y  le llevó, efectivamente, mucho tiempo, pero consiguió encerrar  a  algunos de ellos. Después de asegurar la puerta, se dio vuelta y advirtió, con desazón,  que el corral estaba vacío. Un agujero pequeño, pero suficientemente grande para  que los animales escaparan,  estaba en un costado,  y no lo había visto antes…

Había que mantener el fuego encendido, así  que debía volver, cada tanto, al refugio, para alimentarlo. Regresó al corral y, con su cuchillo, cortó varillas de madera y alambre para reparar el hueco. No tenía más remedio que recomenzar todo otra vez. Y se fue,  rengueando, en busca de las ovejas.

Esta vez  sí lo logró,  allí estaban, sin posibilidad de escape. Un corderito inocente fue sacrificado, con el fin de  salvar su vida. Con su cuchillo, ya totalmente desafilado, tardó una eternidad en cuerearlo y separar dos cuartos, uno delantero y otro trasero. Regresó con ellos al refugio,   y los asó.

Se sentía al límite de sus fuerzas, pero comería por fin. La carne se enfriaba  tan pronto como la sacaba del fuego, y la grasita fría no era agradable a la boca. Acompañó su cena con agua derretida de nieve sucia. Comió la mitad  de una  pata, y se preparó para otra noche de duermevela, como la anterior. Y fue, efectivamente,  otra noche  poblada de pensamientos, sobre el piso duro, y el calor de un solo lado del cuerpo. Se  levantaba a mantener vivo el fuego, y el fuego lo mantenía vivo a él.

Otra vez la claridad. Un día nuevo. No estaba muy seguro de la fecha, pero tampoco le importaba. Su familia,  ¿tendría aún esperanzas? ¿o lo darían por muerto? Si tan solo pudiera decirles que aún luchaba….

Comió lo que restaba de la pata de su cena,  cargó la otra al hombro, y empezó a caminar nuevamente. Otra vez los roquedales, el difícil pasto duro,  las  blandas y húmedas turberas, el viento y el frío. ¿Y si lo encontraban los ingleses? ¿lo tomarían prisionero?… Caminó durante horas,  trabajosamente, con dolor,  pero con voluntad que no declinaba: quería vivir.

Hacia la tarde, el sol se hacía presente entre las nubes, y por momentos lo entibiaba con sus rayos débiles,  un sol  de muy al sur, en el mes de mayo.

Su corazón dio un salto en el pecho. Vio, muy lejos,  vehículos, dos, tal vez tres. Era posible que fueran tropas argentinas. Sacó de su chaleco salvavidas (inagotable valija de mago), el espejo de señales, y lo usó, aprovechando ese sol que lo había entibiado. Lo vieron, y los vehículos se dirigieron,  allá lejos, hacia él.

Ahora estaban más cerca, eran tres jeeps, y vio - no sin angustia - que eran Land Rover´s. Escondió su arma con cuidado. No eran argentinos….

Los vehículos se detuvieron, a cierta distancia. Ocho hombres iban en ellos, pero no eran soldados, eran hombres de una estancia cercana y parecían estar   todos armados,  de forma diversa, con escopetas, carabinas, revólveres, pistolas.

Descendieron,  y  rápidamente  se abrieron en un semicírculo a su alrededor. No le apuntaron,  pero tenían las armas listas ¿moriría así? Nadie sabía que  él estaba allí, ni argentinos ni ingleses,  pero esos hombres sí sabían que él era un enemigo, un invasor. Otra vez tuvo miedo, el corazón latiendo fuerte en el pecho…

Uno de ellos -aparentemente desarmado- se le acercó, con lentitud y precaución. De complexión mediana, parecía ser el jefe del grupo. Pisaba despaciosamente en el suelo irregular, mientras sus ojos azules lo escudriñaban, tratando de leer sus pensamientos. Él se quedó inmóvil, sin tomar iniciativa alguna,  mirando, por un instante, a quien se acercaba y, al siguiente, al resto de los hombres. Si tenía necesidad de jugarse, lo haría, pero se daba cuenta de que sus posibilidades eran nulas. El hombre se detuvo, muy cerca, y le habló en ingles, calmadamente. Le dijo que, si no era agresivo,  no habría problemas, mientras, con prudencia, extendía una mano que apoyó en su hombro, en señal amistosa. Sintió que el hombre era honesto en lo que decía….

Fue invitado a subir a su  jeep,  y emprendieron el regreso a la estancia, de la cual el inglés resultó ser el encargado. Lo llevó  a su propia casa, donde fue presentado a su esposa y a sus hijos. Le convidaron con un te reconfortante y de inmediato le ofrecieron un baño caliente que aceptó agradecido, (mientras, sonriéndose en su interior,  se preguntaba si tendría mal olor, ya que fue casi lo primero que le fue ofrecido).

La esposa cocinó y fue invitado a compartir la mesa familiar. Todo le pareció delicioso y fue descubriendo,  de a poco, que tenía una  importante lista de afinidades con su protector circunstancial: ambos eran fanáticos de las armas, así que largamente hablaron de ellas y de cacerías y municiones, de ciervos y jabalíes. El inglés le mostró las que poseía,  y esto daba lugar a nuevos cambios de opiniones y anécdotas. De allí la conversación  pasó a la pesca, y ambos se reconocieron fanáticos de la misma, así que hablaron  de cañas y reeles, de señuelos y de moscas, de ríos y arroyos, y de las maravillosas y enormes truchas y salmones que nadaban en ellos. Por último  (no había Internet entonces),  descubrieron que ambos tenían estaciones de radio-aficionados, y hablaron, entusiastamente, sobre el tema, intercambiando frecuencias y horarios, y se prometieron que, algún día, se comunicarían por radio. Descubrieron cuanto tenían en común, y los  supuestos enemigos  sintieron nacer  amistad  el uno por el otro, y fueron “enemigos - amigos”.

Esa noche, pensando sin cesar en todo lo sucedido, finalmente se durmió,  en una tibia cama, entre acogedoras  sábanas,  esperanzado...

A  la mañana siguiente,  durante el desayuno, el inglés le dijo que se podía comunicar con Puerto Argentino (Stanley para él, claro), y avisar a  las tropas argentinas de su presencia allí. Pero, también le dijo que, si Philippi lo deseaba, no avisaría nada en absoluto, y esperarían a que todo terminara, ganara quién ganara, y  después  se vería que hacer. Se emocionó con el ofrecimiento,  sabía que el inglés tomaba riesgos al hacerlo. Si los militares ingleses se enteraban, en algún momento,  podían enojarse mucho, por no entregar prisionero a un oficial de alto rango, del cual era posible obtener tal vez importante información. Pero el inglés, conociendo el riesgo, lo tomó. Aunque verdaderamente agradecido, Philippi declinó el ofrecimiento. Su honor le impedía aceptarlo, como así también  el hecho de que su familia iba a estar angustiada, pensando  que, efectivamente, estaba muerto. Así que las fuerzas argentinas  fueron avisadas, y se convino en que, con las últimas luces del día, un helicóptero de la Fuerza Aérea pasaría a recogerlo.

El inglés lo invitó a recorrer el establecimiento. Una estancia de este tipo suele ser como un pequeño poblado,  semejante a los establecimientos de nuestra Patagonia. Está el casco,  las casas de los casados  -donde éstos  viven con sus esposas y niños- los alojamientos de los solteros, suele también haber una capillita,  está el lugar que hace las veces de escuela, los galpones donde se guardan provisiones, los de las máquinas,  el de almacenar la lana, el de la esquila, tal vez un establo….

Aceptó la invitación y recorrieron el lugar en el jeep, el mismo en que  lo habían recogido el día anterior. A su paso, las mujeres se asomaban a verlo, y los niños corrían  al costado, curiosos, asombrados por la presencia de este extraño que, para ellos, era poco menos que un extra-terrestre. Todos conocían lo que había pasado, claro está.

El inglés se detuvo frente a un galpón,  le dijo que ahí estaba trabajando la mayoría de los hombres, y lo invitó a bajar y conocerlos. Aceptó, preguntándose si los demás serían tan amistosos  como su amigo nuevo.

En el galpón, subido a una tarima, un hombre grande parecía ser el capataz. Las manos en sus bolsillos, la  mirada atenta,  trabajaba  dirigiendo el trabajo de los demás. Toda actividad cesó tan pronto ingresaron al sitio. Todos los ojos se clavaron el. El inglés lo presentó, aunque todos sabían quién era y qué había pasado. Lo rodearon, en silencio, mirándolo atentamente, con curiosidad. Con alivio, creyó notar que no había animosidad en sus miradas. El hombre grande, el que parecía ser el capataz,  habló, y mientras extraía de su bolsillo una petaca llena de scotch, dijo que deseaba hacer un brindis. Todas las miradas se dirigieron a él, y hubo un gran silencio. Philippi estaba expectante: ¿un brindis…?

El capataz dijo que deseaba hacer un brindis, y que el brindis sería por dos razones: la primera, porque ellos habían tenido la suerte de encontrarlo y cobijarlo, y que esto era,  después de todo lo que Philippi había pasado, como un pequeño milagro, y que los alegraba sobremanera formar parte de él,  y que se sentían felices de haber podido ayudar y que él estuviera allí con ellos.

“Y el segundo motivo -dijo- es que hoy es el cumpleaños de su patria”  Y era el 25 de Mayo…

Philippi debió esforzarse para que sus ojos no se humedecieran. Pensó en contestar el brindis, pero sentía un nudo que cerraba su garganta, así que, sin proferir palabra alguna, se acercó a ese hombre grande de  la tarima, tomó la petaca de su mano dura y bebió. Llevándola consigo, caminó hacia cada hombre, y todos bebieron con él, que se hallaba emocionado más allá de las palabras….Y todos lo estaban.

El día pasó rápido, y ya en la casa,  tomaron un té con unos scones que la esposa del inglés preparó (ella era neozelandesa),  que le parecieron deliciosos, y así lo expresó, y la cantidad de ellos que comió, confirmaba sus palabras.

Poco antes de la hora prevista, el inglés le ofreció un Match box, un  juguete que le dijo era para su hijo Otto, mientras se disculpaba porque no tenía allí nada más adecuado o mejor para regalarle, pero quería  que tuviera un recuerdo de ellos. La esposa, a su vez,  le tendió un sobre conteniendo una carta para su esposa Graciela. Estaba cerrado, y recibió la recomendación de no abrirlo.

El traslado llegó puntual. La despedida fue breve, sin muchas palabras,  que no hacían falta entre ellos. La emoción se sentía, y se preguntaban en silencio a sí mismos, si alguna vez se volverían a ver.

Y el helicóptero se elevó, ruidosamente, en un remolino de viento, mientras abajo, un puñado de hombres y mujeres que hablaban otra lengua, agitaban sus manos despidiéndolo. Los miró, sus ojos fijos en ellos, hasta que estuvieron tan distantes que ya no los distinguía más...

En Puerto Argentino, después de una breve recepción llena de preguntas de ambas partes, lo llevaron al hospital, donde cuidaron de  su pierna y su dedo, y donde se alojó por dos o tres días, hasta que un avión Hércules de la Fuerza Aérea, lo llevó de regreso al continente. Había perdido siete kilos de su peso,  pero se hallaba bien.

Se reunió, finalmente, con su familia. Hubo lágrimas, claro. Le hicieron contar todo, y lo acribillaron a preguntas. No podían casi creer lo que les contaba. El juguete fue entregado a su hijo, y la carta, a su esposa. Ésta la abrió, y después de leerla en silencio, sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras su cara reía, e, incapaz de hablar, la pasó a los demás.

En esa carta, la neozelandesa hablaba del milagro que había ocurrido, de lo felices que todos estaban de haber podido ayudar y cobijar a su esposo, y de qué manera increíble había  nacido, en tan poco tiempo, una amistad que ella deseaba perdurara en el tiempo. “Y aquí te mando, Graciela –le decía- la receta de los scones que tanto le gustaron a Alberto”…

Alberto guarda, como una reliquia, esa carta, junto con el juguete y el cuchillo del que podría decirse que salvó su vida.

Y la amistad perduró, y perdura hasta hoy, tantos años después. Curiosamente, a tantas cosas que tenían en común, se sumó una más, aunque triste, ciertamente: Graciela murió de cáncer, y no mucho después,  el inglés  perdió a su esposa, debido a un problema cardíaco.

Philippi pronto regresó al servicio,  listo para una nueva misión. Pero la falta de aviones las hizo escasear y ya no realizaría otra hasta que el conflicto terminó, muy  poco tiempo después.

Esta historia me la contó él mismo,  en plena guerra,  mientras solos,  los dos  tomábamos  un té  en el casino de oficiales de la base, el día en que salió la misión conjunta de dos SuperEtendard de la Armada y cuatro Skyhawk  de la Fuerza Aérea,  que, brillantemente,  atacaron a la Fuerza de Tareas inglesa,  al este  de las Malvinas,  teniendo como blanco al porta-aviones “HMS Invincible”. Uno de los SúperEtendard  portaba el último misil Exocet, al que, después de limpiarle una delgada capa de hielo que cubría su superficie, dediqué y firmé con una fibra. Había muchas dedicatorias más, de las cuales recuerdo claramente una: “Por los muchachos del Belgrano”.  

Esta historia quedó grabada a fuego en mi memoria, y fue parte muy importante de mi sueño de,  algún día, volar a las islas, y si era posible, conocer esos lugares, y a los hombres que la protagonizaron.

Y  muchos años después,  el sueño se vio cumplido…

PRÓLOGO
CAPITULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV


 
 
 
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