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CAPÍTULO III

MALVINAS > HISTORIA DE UN VIAJE

VUELO NOCTURNO A LAS ISLAS MALVINAS

CAPÍTULO III

"LA ISLA SOLEDAD"


POR: JORGE DEJEAN

Mientras caminaba hacia el pequeño edificio del  aeropuerto, (construido por los argentinos en años previos  a la guerra), el inglés se acercó a mí y, de manera franca y sencilla, estrechó mi mano con firmeza. El color de sus cabellos era ahora tan blanco como el  hielo de las alas de mi avión,  pero el color de sus ojos seguía siendo el mismo azul que antaño fuera, y su mirada seguía  dando esa impresión inquisidora y de honestidad que Philippi había percibido en el instante en que se le aproximó,  tantos años ha.

Fuimos juntos hacia las oficinas de migraciones y aduana, y presenté mi documentación de arribo, aún con el traje  anti-exposición de color anaranjado anudado en mi cintura. Como la tela era dura, el nudo se aflojaba a menudo y se me deslizaba hacia abajo, por lo cual debía  levantarlo  con  frecuencia. Seguramente las cuatro o cinco personas que allí estaban lo habían notado, porque cuando dije – mientras lo tironeaba hacia arriba -  “I’m losing my pants”, (estoy perdiendo mis pantalones) se rieron espontáneamente y con ganas.

Le dije al funcionario que me atendía, que  iba a traer mi equipaje para que lo revisaran, pero me respondió que no hacía falta, que todo estaba bien. Fueron muy amables conmigo. El inglés me acompañó hasta el avión, y bajé mi valija,  la cámara de video, y el bolso para guardar el traje anti-exposición, así que volvimos bastante cargados. Fuimos a su camioneta, una Toyota 4x4. Diría que el 90% de los vehículos en las islas son camionetas o jeeps doble tracción.  Cargamos todo y emprendimos  el breve trayecto hasta la población. El camino es de asfalto,  de un ancho normal y,  claro está, se guía por la izquierda.

Me mostró, a un costado de la ruta, y como una curiosidad,  el “peat” (turba), que luego vería tan abundantemente en la isla. Aún hoy se lo extrae y corta en trozos regulares, se lo deja secar y se usa para calefacción, aunque va siendo reemplazado,  sobre todo por el kerosén.

Antes de llegar al pueblo (¿debo llamarlo ciudad?), me señaló  los edificios de sus oficinas,  aledañas  al pequeño puerto. Él tiene barcos pesqueros ahora, y ya no se dedica más al campo.

En pocos minutos estábamos en la calle de su casa, en una zona nueva de la población. La casa era de dos plantas,  se notaba que llevaba poco tiempo de construida, y su interior era confortable, acogedor. Tenía amplios ventanales que daban al mar, y me señaló que todos ellos eran de triple vidrio, para aislación del frío. Eran ventanas fijas, excepto una, que se podía abrir. Así lo establecía la reglamentación, y se hace  por seguridad, en caso de ser necesario escapar de la casa en una emergencia. El jardín, que se extendía hacia el lado del mar,  estaba despojado de flores, y algunas rocas asomaban en varias partes, entre duros pastos.

Habíamos entrado por atrás, y  como yo ingresé primero, no me percaté que él se había quedado un momento, quitándose el calzado. Luego aprendí que uno se quita el calzado en todas las casas. En algunos  edificios públicos, un anuncio le pide al público que,  si tiene los zapatos sucios,  los deje en el hall de entrada. Así era en el edificio de aduanas, por ejemplo, y su interior estaba alfombrado en su totalidad, e inmaculadamente limpio.

Mientras disfrutaba de un reconfortante café caliente le pedí si me permitía telefonear al control de tránsito aéreo de Comodoro y a mi familia, para informarles de mi arribo. Lo hice sin problemas, y así me enteré que mi hijo ya había llamado al aeropuerto y sabía de mi llegada.

Luego me llevó a mi alojamiento, cuyo nombre es “The Waterfront House”,  (La Casa frente al Mar) y efectivamente, está  a no más de diez metros de éste. Dejé mis zapatos en el pequeño hall de entrada y fui recibido por una agradable y joven   señora que me mostró el lugar y me llevó a mi habitación. Esta era relativamente pequeña, bien calefaccionada, tenía dos camas individuales,  un  televisor color de 14”,  y un casi minúsculo baño con su ducha. El piso era de anchas tablas de madera, y dentro de su sencillez, todo el conjunto resultaba cálido y acogedor. No necesitaba realmente nada más. Creo que era el único huésped por esos días.

Dormí un par de horas y el inglés me pasó a buscar para cenar en su casa. Tanto la comida como la charla fueron agradables, y saltábamos de un tema a otro, respondiéndome de buen grado  todas las preguntas que yo le hacía, muchas de ellas relativas  a la historia que tanto me había impactado. Así supe  que cuando vieron las señales que Alberto les hizo con su espejo, se acercaron con mucha precaución,  y cuando vieron que estaba realmente solo,  él se le acercó,  vio el temor en su cara y puso una mano en su hombro  y le habló, diciéndole que, si no se mostraba agresivo, todo estaba bien. Alberto hablaba un buen inglés, y allí fue – me contaba el inglés – que ambos se dijeron una mentira, que fue la única entre ellos. Tony le dijo “yo no estoy armado”, mientras tenía su revólver 38 en el cinturón, fuera de  la vista de Alberto, y éste le contestó “yo tampoco”,  teniendo escondida su pistola entre sus ropas. Mientras me decía esto, sonreía francamente y me acotaba: “ambas mentiras eran justificables ¿no?”.

Esa noche dormí muy bien, oyendo apenas el arrullo del mar cercano.A la mañana siguiente me levanté y fui a la cocina, buscando a la señora para pedirle mi desayuno, y me llamó la  atención que ella oía música latina y en español, así que le pregunté si hablaba castellano y al contestarme que sí, noté un acento familiar: era chilena, casada no hacía mucho tiempo  con un natural de las islas, quien por su trabajo se hallaba ahora embarcado, navegando. La colonia chilena es la segunda en importancia en las Malvinas, después de la gente de las islas de Santa Elena, frente al África. Esto me intrigó, y aunque pregunté, nadie me supo decir porqué la gente de esas islas,  con una geografía muy distinta y un clima mucho más benigno, elegía las Malvinas  como uno de sus lugares favoritos para migrar.

Después de desayunar, a las 10:30hs, mi amigo me pasó a buscar, para llevarme a conocer el cementerio argentino en Darwin, el británico en San Carlos, y otros lugares de interés en la zona.

Llevábamos unos sándwiches y unas bebidas sin alcohol para el viaje: Después de unos cortos trámites que él tenía que hacer en el poblado, emprendimos viaje en su camioneta.

El camino era asfaltado al principio,  una ruta común y en buen estado de conservación. Sin embargo, este asfalto se veía interrumpido cada tanto, y había tramos de tierra, dura y pedregosa, pero bien nivelada y cuidada. Supongo que asfaltaban primero las partes que  más se deterioraban con las lluvias y los fuertes vientos comunes en las islas.

Me mostró  áreas con alambrados de los que colgaban  cartelitos blancos, ubicados a no más de 5 metros entre sí, advirtiendo que ése era un campo minado. Me explicó que los argentinos entregaron todos los planos,  que contenían precisas indicaciones acerca de las áreas que habían sido sembradas con minas. El problema aún no había sido resuelto y éstas seguían enterradas. La gente se había acostumbrado, y era como si esos lugares no existieran: ni animales, ni personas, entraban jamás en esas áreas.

Me llamaba la atención ver, descendiendo de las  colinas que conforman gran parte del paisaje malvinense, ríos de piedras, de un color gris claro, y de diferentes tamaños.

Estaban tan  prolija y regularmente formados, que uno se sentía tentado a creer que habían sido hechos por el hombre. Pero era la naturaleza quién los había  creado -ha través de milenios quizás- sin pausa, despaciosamente, dueña del tiempo interminable. Varias teorías intentaban explicar su surgimiento. La más coherente parece ser la que explica  que en esos lugares, que parecen arroyos pero están formados por piedras, éstas se hallaban antes bajo la superficie, y efectivamente corrían aguas entre ellas, las que en inviernos especialmente duros, se congelaban, y al congelarse se expandían y la fuerza de esa expansión rompía las piedras en trozos más pequeños– como en una botella olvidada en el freezer-  y las levantaba hacia la superficie, dejándolas (con la ayuda del viento y las lluvias), totalmente expuestas y formando esos muy curiosos y abundantes ríos de piedras grises, que yo no había visto antes en ningún otro lugar.

Nos cruzábamos con algunos vehículos, mayormente  provenientes de la Base Militar de Mount Pleasant, delante de la cual pasaríamos  en breve. Quedó a la derecha de nuestra ruta, y me dejó sumamente impresionado su enorme tamaño y lo prolijo que todo se veía. Tiene una capacidad  para albergar muchos más hombres de los que actualmente están allí estacionados (unos dos mil). Pude ver movimiento de helicópteros y algún Hércules,  operando en su gran pista, apta para los más grandes aviones de la actualidad. Un enorme hangar podía albergar un Jumbo en su interior. Me explicó que a veces, al llegar un avión desde Londres, se encuentra con tanto viento, que no es posible abrir las puertas ni arrimar las escaleras, por lo que primero entran el avión al inmenso  edificio y recién allí  proceden a desembarcar los pasajeros.

Frente a la base, nos desviamos por un camino más pequeño, hacia la  izquierda, y ya no tendríamos más asfalto en todo nuestro recorrido. Un pequeño cartel indicaba que se dirigía a North Arm, Goose Green y San Carlos. Leer estos nombres - que oíamos  a diario en la época de la guerra-  me conmovió, y  el inglés se detuvo,  para que yo tomara una foto.

Seguimos avanzando, y el paisaje se repetía a sí mismo. Varias veces vimos o cruzamos  arroyos de aguas translúcidas, con suaves corrientes,   que desaguaban  casi siempre en alguna laguna de regulares dimensiones. En todos había truchas - me explicaba el inglés- y éstas abundaban,  dado que lo escaso de la población hacía que hubiera solamente unos pocos aficionados a la pesca,  para alegría de los peces.


LOS CEMENTERIOS

El camino era más  duro y desparejo ahora, pero siempre transitable. Al fin llegamos a un desvío, lo tomamos, y muy pronto vi otro cartel que me hizo sentir frío por dentro, sobrecogiéndome: “Argentine Cemetery”

Dejamos la camioneta en un sector para estacionar, y caminamos por un sendero de grava, de no más de cien metros de extensión. Allí estaba el cementerio, en esa infinita soledad, en ese silencio tremendo,  roto apenas por el sonido del viento,  que lo hacía  aún más pesado, más lúgubre, más agobiador. Ese silencio y esa soledad  se metían en mi  pecho…

Una cerca de madera blanca lo rodeaba. Las tablas que la formaban no estaban lo suficientemente juntas como para impedir el paso de los corderos  más pequeños,  así que  a veces aparecía su suciedad entre las tumbas, mezclada con la de los gansos de las islas. Aparte de eso, el cementerio estaba bien cuidado. Los países de la comunidad británica poseen un fondo económico dedicado al mantenimiento de cementerios de guerra, sin hacer diferencias de nacionalidades,  ni de amigos o enemigos.

Entramos, abriendo la puerta de madera, que crujió suavemente, y el inglés se adelantó, en silencio. Yo me detuve a la entrada y él se dirigió, con su paso tranquilo y firme,  hacia donde está el cenotafio donado por una empresa argentina. Se paró en un extremo,  y respetuosamente se quedó allí, sin hablar una sola palabra, todo el tiempo que yo me quise tomar.

Caminé desde el fondo hacia el frente, en zig-zag, recorriendo cada hilera y leyendo cada epitafio, deteniéndome un instante delante de cada cruz,  blanca y sencilla, saludando en silencio a cada pobre soldado  que allí había quedado.

Y en cada cruz había un rosario enredado, que seguramente dejaron las familias que hacía poco habían ido a visitarlos. No había flores, claro, ni una sola flor…

En muchas de las  tumbas leí la siguiente oración:
"AQUÍ YACE UN SOLDADO ARGENTINO SOLO CONOCIDO POR DIOS"
         

Mis ojos estaban húmedos, mi garganta seca. Llevaba yo un encargo, de quién generosamente me había prestado el traje anti-exposición: debía desprender la chapita de identificación que éste tenía sujeta a una cremallera, y dejarla en algún lugar de las islas, donde él tal vez la pudiera encontrar, algún día. Así que cuando vi una sepultura que por casualidad tenía su mismo apellido escrito en la lápida, la enterré,  delante de la blanca cruz y  pegada a la placa de granito oscura y brillante, con su nombre escrito, entre las piedritas de grava gris, de las cuales tomé un puñado grande, que traje de vuelta conmigo. Tal vez mi amigo pueda ir un día -como es su sueño- y encontrar su chapita, que quiso que yo dejara como un mínimo homenaje a quienes perdieron la vida, tan tristemente,  en esas tierras perdidas en los mares del sur.

Recorrí,  entonces, cada tumba, y luego me detuve delante de cada placa del monumento construido al frente, leyendo uno por  uno  los nombres  que estaban escritos. En el centro del cenotafio, sobre el piso, yacía una única chapa de bronce,  homenaje a los caídos,  ofrendada por  un diario de la ciudad de Tres Arroyos. En mi mente, pedí perdón a cada soldado que, tan a destiempo, tan  tempranamente, habían encontrado allí una muerte solitaria e  inútil.    

Miré hacia atrás,  hacia las cruces blancas y silenciosas, y busqué luego con la vista al inglés. Éste, entendiendo mi mirada, y siempre en silencio, echó a andar y salimos, cerrando la puerta detrás de nosotros…

Seguimos camino, casi sin  cambiar palabra. Al cabo, llegamos a San Carlos,  y allí visité el cementerio británico, con paredes de piedra, algo más pequeño y bonito, y más protegido que el argentino.

Había pocas tumbas, por comparación, y también había placas en el monumento del frente, donde sus muertos, en lugar de estar ordenados por abecedario como los nuestros, lo estaban por la unidad donde habían servido.

“HMS Invincible” “HMS Sheffield” “HMS Ardent”, HMS Coventry”, “HMS SirGallahad”, etc, etc.

Habían venido desde tan lejos,  para quedar aquí por siempre. También sentí tristeza por ellos…

Fuimos luego a San Carlos, y me mostró la bahía y las playas donde habían desembarcado los ingleses, las que habían sido nombradas por colores “Green Beach”, “Blue Beach”, etc. San Carlos es solo un pequeño caserío, de no más de una docena de casas, y aún así, es la segunda población en importancia en las islas.

Caminamos un poco, y el inglés, con sus ojos acostumbrados a ver en esas tierras que tan bien conocía, se detenía de tanto en tanto, y me mostraba un refugio de piedras hecho por los soldados ingleses para protegerse, o un largo trozo de cable de algún equipo de comunicaciones, abandonado en el lugar, o alguna otra señal de lo que allí había sucedido.

Me contó que a raíz del hundimiento del “HMS Atlantic  Conveyor”,  

-impactado por un misil Exocet-   por parte de la Aviación Naval, se habían perdido los helicópteros destinados a transportar las tropas hacia la zona  de Puerto Argentino. El grueso de las tropas debió caminar, a campo traviesa, mayormente de noche y cargando su pesado equipo, por casi cien kilómetros. Esa epopeya es conocida entre ellos como el “stomp”.

Emprendimos el regreso, y me costaba hablar, sumido en pensamientos de tristeza. El inglés, simplemente,  respetaba mi silencio.

Miraba esos campos vacíos, esas soledades interminables, y sobre sus pastos de pálidos verdes y amarillos, veía levantarse a los fantasmas de los soldados muertos, vagando desorientados,  espectros con raídos uniformes cubriendo sus huesos descarnados, arrastrando los pies sobre el terreno inhóspito, sin entender el porqué de lo que les había pasado. ¿Porqué, si  hasta unos pocos días antes de que los mandaran allí, habían sido muchachos como otros muchachos,  hombres como otros hombres, hoy estaban muertos, en esa tierra desconocida, tan lejos, tan solos? ¿Por qué no pudieron volver a sus novias, a sus esposas, a sus familias, a los amigos? ¿porqué?

Esas visiones aún están conmigo, y estarán para siempre –creo- junto con las de los marinos del crucero Belgrano, que duermen en el helado y profundo  fondo del mar…

Esa noche   pasó a buscarme  otra vez por la posada,  y me llevó a su casa, para compartir la cena. Antes de ella nos instalamos en el living, desde donde veía el mar,  apenas iluminado por las luces del poblado y,  con una copa de vino en la mano, charlamos por un rato, antes de cenar. Él es amante de los buenos vinos y los disfruta,  mesuradamente, sin caer en  excesos. Me comentó acerca de sus cualidades y me mostró algunos de los que tiene  en reserva, hablando de ellos con entusiasmo, y elogiando los vinos argentinos. Me limité a escuchar, ya que mi cultura enológica,  es lamentable.

Me explicó acerca de la pesca, los permisos y los valores de los mismos, que los dueños de barcos – como él – consideraban excesivos. Con interés escuché algunos detalles de cómo es la tarea  que realizan, y de cómo se comercializa el producto,  mayormente en el puerto de Vigo, en España, adonde es llevada en gran parte por un barco ruso, al cual se trasborda  la cosecha obtenida.

Ví que en su biblioteca tenía numerosos libros acerca de la guerra del Atlántico Sur,  todos en inglés, claro está,  y le pedí permiso para llevar alguno a  mi alojamiento,  para ojearlo.

La charla siguió muy amena durante la cena, y después,  durante el café, me preguntó qué quería  yo hacer al día siguiente. Le dije que me encantaría ver los lugares donde lo encontró a Philippi, y el refugio donde éste se guareció por dos noches. Me dijo que sí,  que no había problemas,  y entonces le pregunté cuanto tiempo nos llevaría ir hasta esos lugares. Cuando me contestó que aproximadamente unas dos horas y media,  pensé que era demasiado abuso de mi parte,  así que inquirí como eran esos parajes, si eran semejantes a lo ya visto, y me dijo que sí, que eran lo mismo, y que,  además, el refugio ya no existía, pues se había quemado por completo hacía tiempo ya. Entonces le propuse  no realizar el viaje,  con lo que estuvo de acuerdo de inmediato, y creo haber advertido cierto alivio en su expresión.

Concordamos en que al día siguiente iríamos a conocer sus oficinas, a cargo de su hijo,  la parte del puerto propiamente dicha,  y un lugar de las inmediaciones, conocido por la colonia de pingüinos que lo habita, aunque estos ya habían partido, una semana atrás.

Me llevó a mi posada, y  me dormí,   mientras pasaba revista a lo vivido durante ese día,  oyendo  el suave murmullo del mar,  que se llegaba hasta mi cuarto pequeño,  como en puntillas,  para no molestar…

El miércoles recorrí la población,  de a pie. Así vi la iglesia anglicana, que es la principal,  la de Santa María, que es católica, la casa  del gobernador, donde murió el Capitán Giachino, de la Infantería de Marina, primer muerto entre los nuestros, el clásico monumento con los huesos de ballena, unos pocos restaurantes (el mejor es uno chileno, dicen), pubs, el museo, distintos negocios, el único supermercado, hoteles, antiguas casas que ostentan en su fachada el año de su  construcción (del año 1846 es la más antigua que vi, en perfecto estado y habitada),  y el pequeño puerto, donde algún lujoso yate de velas  estaba amarrado.

El poblado es muy prolijo y cuidado,  de calles angostas, asfaltadas casi en su totalidad, con todas sus marcaciones claramente pintadas y respetadas por los conductores. Las calles paralelas al mar corren niveladas, mientras que las transversales son empinadas. Me llamó la atención  que no siempre la señal de detenerse era para ceder paso al de la derecha. Después comprendí que los que vienen cuesta abajo tienen prioridad, ya que les es más difícil frenar. Un solo banco y un solo hospital sirven al pueblo, y hay una sola escuela primaria y una secundaria, pero de muy buen nivel. Los diez o doce policías con que cuentan,  controlan él transito,  y no tienen más trabajo que algún hurto ocasional, o alguna pelea ocasionada por los tragos. Recordemos que la población urbana es de 1800 personas aproximadamente, con un total de 2400 diseminadas en las islas. Algo más de 2000 efectivos componen la fuerza militar británica estacionada en Mount Pleasant, pero ellos tienen en la base todo lo que puedan necesitar. Pude observar helicópteros,  Hércules C-130, VC-10 reabastecedores de combustible, y cazabombarderos Tornado. A todos los he visto volar, la actividad de entrenamiento  es diaria

El servicio aéreo,  que dispone de cinco aviones bimotores Islander, se ocupa del servicio entre las islas, y uno de ellos, equipado con radar,  controla la pesca ilegal. Un barco extranjero había sido detenido,  y estaba en el puerto, con sus tripulantes viviendo a bordo.

.A lo lejos, hacia el lado del aeropuerto,  se observa en la bahía la silueta romántica del Lady Elizabeth, navío de casco metálico y arboladura de velas, varado hace muchísimos años. Maltratado por sucesivas tempestades, se va deteriorando lentamente, añorando seguramente, sus ya lejanas singladuras en alta mar. Otro casco, de madera y más pequeño, corre igual destino frente a la población.

Algunas casas me llenaban de asombro, pues con tierras tan duras y clima tan  bravío, mostraban hermosos jardines, llenos de verde y flores coloridas. Mucho esfuerzo y amor les habían sido dedicados.

Me cruzaba con poca gente,  seguramente estaban en sus trabajos la mayoría. Algunos no me prestaban atención, otros me saludaban con un tímido “Hello” y una leve sonrisa al pasar a mi lado, como lo hizo un par de jóvenes papás, que paseaban en un cochecito a su bebé, frente al mar, pese al viento frío y alguna llovizna ocasional.

Desde la ventana del hotel,  observaba, a pocos metros, como las gaviotas se zambullían para alimentarse del abundante krill, visible a simple vista desde la orilla del mar,  a escasa profundidad.

Como en casi todos los días que pasé en  Puerto Argentino, llovía, dejaba de llover, salía el sol por un rato, y vuelta a comenzar. Mientras, el viento, casi no se permitía descansar.

Tony pasó a buscarme, y fuimos a conocer sus oficinas, ubicadas en el puerto. Allí me presentó a su hijo, quien manejaba localmente a los barcos pesqueros. Uno de ellos, muy nuevo, había sido sorprendido por una galerna de 70 nudos de intensidad  (aprox. 128 km/h), que lo arrojó sobre unos riscos, y el barco se perdió.

Luego fuimos a un depósito, en el puerto, donde estaba en recorrida una embarcación auxiliar de su propiedad. Esperamos entonces a otro lanchón,  que llegó desde uno de sus barcos, al mando de David, su hombre de confianza,  quien me saludó amistosamente, produciéndome su aspecto y sus maneras sencillas y francas, una agradable impresión.

Después de que intercambiaron información, partimos hacia un lugar, no mucho mas allá del aeropuerto, donde los pingüinos anidaban, pero,  como dije antes, estos se habían marchado la semana anterior. Estuvimos en una playa, no muy grande, pero muy bonita,  enmarcada en una pequeña bahía, y de arenas muy, muy blancas. En el sendero que la enmarcaba,  algunos carteles indicaban que si bien se creía que la playa no había sido minada,  las marejadas podrían haber  arrastrado minas hacia la misma, por lo cual se aconsejaba no usarla. Y nadie la usaba.

Una vegetación distinta, más verde y exuberante crecía en el lugar, algo más protegido de los vientos fuertes, que provenían casi siempre del sud y del oeste. Caminamos hasta donde apenas se oxidaban unos cañones, que se usaron para proteger la entrada a la bahía. Hubo batallas en los mares de las islas, durante la primera guerra mundial.

Con su inseparable larga vistas,  Tony  miraba el mar. Pronto me mostró al barco ruso que  lleva el producto de la pesca a España, y en una de sus bandas, un barco suyo, transbordando la cosecha.

Hacia el temprano atardecer regresamos a su casa,  donde, copa de vino en mano, y mirando el mar a través de los amplios ventanales,  hablamos acerca de algunas iniciativas de acercamiento  entre privados,  que al parecer, no despertaron ningún interés entre los miembros del consejo de gobierno de las islas.

También comentamos su convicción de que, de no haber existido la invasión de las islas, estas serían en la actualidad, mayormente argentinas. Esta presunción se basaba en el hecho de que la población total de las islas de aquella época, de 1800 personas, iba disminuyendo cada año, a razón del  1%. Su principal fuente de ingresos, la lana, estaba con un bajo valor internacional, y  no había manera de hacer negocios de rentabilidad razonable en las islas. Los jóvenes que se iban a estudiar,  ya no regresaban, y muchos mayores, quedándose solos, terminaban por seguirlos.

Para ese entonces, era posible encontrar una casa en Puerto Argentino, por solo dos mil libras esterlinas, y aun así, era poco probable que apareciera un comprador. Hoy en ida, una propiedad  familiar se cotiza en el orden de las  200.000 libras esterlinas, y no se encuentran en el mercado, por lo cual es necesario construir nuevas, lo que hace que la población se vaya extendiendo paulatinamente.

Las propiedades, urbanas y rurales, podían haber ido pasando, lenta y paulatinamente, a manos de argentinos,  en forma directa o indirecta. Es decir, sociedades constituidas en Uruguay (por poner un ejemplo), pero de capitales argentinos, podrían haber hecho las operaciones, en un proceso lento, pero seguro. Esta era  solo una teoría, pero su realización parecía factible, si nos hubiésemos dedicado a hacerla viable, con tesón, paciencia y, sobre todo,  con discreción.

La guerra,  que dejó  grandes resentimientos entre los habitantes, pese a la civilizada y cuidadosa manera en que fueron tratados los civiles, cuya

integridad,  propiedades y pertenencias se respetaron al máximo,  terminó favoreciéndolos enormemente. Cabe mencionar que las únicas dos bajas entre civiles (un matrimonio), fueron producidas por un misil inglés mal dirigido (fuego amigo).

Después de terminado el conflicto, los isleños consiguieron un mejor status legal ante  Bretaña,  fue construida la Base de  Mount Pleasant y hubo (y hay) un  asentamiento de efectivos importante en la isla. La base cuenta ahora con una pista de aterrizaje que permite operar a los aviones más grandes de la actualidad, y pueden volar a Gran Bretaña con la única escala de las Islas de Ascensión.

La industria de la pesca tuvo una explosión, y actualmente es la mayor fuente de ingresos del territorio, tanto para los privados que la emprendieron, como para el gobierno, que recauda sumas importantes de los permisos otorgados a locales y extranjeros. La mayor parte de las pesqueras locales, tienen socios en España (en Vigo, casi siempre), y hacia allí derivan la mayor parte de su captura, dedicándose sobre todo al calamar (barcos poteros) y a la merluza, aunque no desdeñan ninguna especie de valor comercial, claro está. Debido a  la desconfianza que quedó después de la invasión,  no reparan sus barcos en la Argentina, prefiriendo los astilleros uruguayos y otros, pese a las mayores distancias y a los mayores costos por los trabajos. Las reparaciones mayores, o los equipamientos, suelen ser hechos en España. También las tripulaciones, incluidos sus capitanes, son reclutadas en otros países, muchos de ellos sudamericanos.

En cuanto al petróleo,  la exploración continúa. Hasta el momento, si bien de cada pozo perforado se extrajo el combustible,  en ninguno de ellos ocurrió que la producción fuera económicamente conveniente, al menos  en la actualidad.

Las arcas del gobierno local acumulan reservas, que si bien no son muy impresionantes como suma total, divididas por el número de sus habitantes, dan una suma per-cápita, que hacen que estos estén entre los más ricos del  mundo. Entre los usos que el gobierno da a estas reservas, está el dar becas a los estudiantes que van a Gran Bretaña a seguir carreras universitarias, y estas becas incluyen gastos de vivienda y viáticos. El gobierno local, asimismo, abre una cuenta de ahorros para cada uno de los habitantes legales del territorio, y deposita en ellas una libra  diaria, por cada día que ellos permanecen en las islas. No es una gran suma , pero al cabo de dos años, seguro que una pequeña vacación paga  pueden disfrutar, a cargo del estado.

De estas, y muchas cosas más, hablamos con Tony, antes y en cada una de las cuatro cenas que con él compartí, durante  mi corta estadía en las islas.

Ah, y no faltaba el humor en nuestras charlas!

Cada mañana,  desayunaba en soledad,  mirando el mar desde mi mesa.  Cambiábamos algunas frases con la señora chilena, quien era muy simpática (y también bonita), y luego ella se iba de regreso a sus tareas, dejándome bien provisto de huevos revueltos con panceta, tostadas, mermelada y jugos. Como me levantaba relativamente tarde,  ese abundante desayuno, era también mi almuerzo.  

El supermercado, que visité un día,  estaba muy bien provisto de todo lo que uno pudiera necesitar, incluidos comestibles y frutas frescas, aunque los precios resultaban exorbitantes comparados con los nuestros.

El jueves, día previo al de mi regreso al continente,  Tony  me  llevó a la aduana, donde pagué las tasas de  migraciones e  inspección aduanera, lo acompañe al banco, donde él hizo algún tramite y yo cambie dólares por libras malvineras (tienen su propia moneda, y una libra esterlina vale igual que una local), al precio de dos dólares por una libra.

Luego hicimos una recorrida por todo el pueblo,  más amplia que la que yo había realizado a pie,  deteniéndonos en la casa donde funciona el periódico local, “The Penguin News”, y terminando en una visita realizada al museo local. Este contenía objetos y fotografías de antaño, una hermosa y enorme maqueta de un barco velero, y también un sector dedicado a la guerra. La visita a ese sector fue un poco dolorosa, porque había utensilios, armas, y hasta una bandera capturada a nuestras fuerzas.

Visitamos también una granja que funciona en varios viveros, que protegían del clima, tan frío y ventoso, pero las plantas no estaban en tierra, sino que era utilizada la técnica de la hidroponía. Había en venta una razonable variedad de hortalizas, y también algunos frutos.

Esa fue la única noche que cenamos fuera de su casa,  en un Púb. y restaurante situado en las afueras, hacia el lado del aeropuerto. Allí alterné con varias personas, cosa que no había tenido oportunidad de hacer  previamente, sino en forma muy circunstancial, y fui muy amigablemente tratado por todos.

Luego,  Tony me dejó en la posada, para la que sería mi última noche en las islas.

( Nota cedida gentilmente por su protagonista para hangar57.com)


 
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