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CAPÍTULO IV

MALVINAS > HISTORIA DE UN VIAJE
 

VUELO NOCTURNO A LAS ISLAS MALVINAS


CAPÍTULO IV

"EL REGRESO"


POR: JORGE DEJEAN

Los días habían pasado, y debía dejar las islas. Todo sucedió muy rápido, y, cuando aun no me acomodaba a saberme allí, el tiempo se había  acabado. Me recogí en mi pequeño pero acogedor cuarto, y me dediqué a preparar el equipaje y arreglar mis cosas, mientras pensaba que quizás era la última vez que vería esos lugares.

Me dormí, arrullado por el ruido del mar y del viento,  pensando en el vuelo que haría al día siguiente.

Después de mi acostumbrado (y reconfortante) desayuno, que tomé mientras miraba la bahía,  pagué la cuenta del hotel, me despedí de mi amable anfitriona, y quedé esperando la hora en que mi amigo me pasaría a buscar.

El  aeropuerto, que comenzaba a operar a las 0730hs (usan  la misma hora que nosotros),  cerraba a las 1630hs, razón por la cual mi vuelo de regreso debía ser diurno, a menos que pagara una muy costosa extensión de servicios de control de aeródromo, migraciones y aduana. Como Puerto Deseado, mi aeródromo de destino, sólo operaba en horas diurnas,  decidí partir  aproximadamente a las 1400hs, para aterrizar  allá aun de día.

Tony me pasó a buscar, y me ayudó en todo, desde los breves trámites burocráticos, hasta cargar el equipaje y reaprovisionar el avión de combustible y aceite. El combustible costaba algo más que el doble de lo que cuesta aquí, y, para mi sorpresa, el aceite que pedí (dos litros), me fue obsequiado. No llevé ninguna provisión esta vez, ni alimento ni bebida alguna.

Luego de una breve despedida de los funcionarios del aeropuerto que me habían atendido, me fui a retirar las amarras, e hice la inspección exterior previa al vuelo. Al drenar los tanques de combustible, salió una pequeña cantidad de agua de uno de ellos (tiene cuatro), pero cuando moví los alerones con mi mano, salió una gran cantidad, y supongo que algo más quedó atrapada en la estructura de los mismos. Lo mismo pasó con los elevadores. Pensé que al efectuar el carreteo y en la parte inicial del vuelo, si realmente algo quedaba, iba a ser expulsada. Preparé el navegador satelital, que en ese cielo tan abierto,  recibió de inmediato señales de varios satélites, posicionándose rápidamente.

Con todo listo, me despedí también de Tony,  agradeciéndole toda su atención para conmigo. Fue el mejor anfitrión que pude tener. No hablamos mucho, apenas algunas pocas palabras y, después de un cálido apretón de manos, di media vuelta y trepé a mi avión. Puse en marcha el motor sin ningún contratiempo, pese al frío y a la mucha lluvia y viento que habían castigado el lugar durante mi estadía. Mientras dejaba que tomara temperatura, ordenaba la cabina, poniendo a mi lado, en el vacío asiento del copiloto, la cartografía que iba a necesitar, el teléfono satelital, y una planificación del vuelo, con distancias y tiempos previstos, frecuencias de los distintos controles, etc., a efectos de minimizar la consulta a las cartas que contienen algunos de estos datos. La aguja que indica la temperatura de aceite comenzó a marcar, así que ya era hora de comenzar el rodaje. La operadora de la torre de control, (Bernardette, a quien ahora  conocía y ya no era  sólo una voz en mi  radio),  me autorizó el carreteo a la cabecera en uso, me pasó mi permiso de tránsito con el código de transponder, para que el control radar me identificara positivamente.

Comencé a rodar, mientras el inglés agitaba su mano desde la plataforma, diciéndome adiós. Agité también mi mano, mientras mentalmente decía, “adiós, Tony, adiós"

Exactamente a la hora prevista, las 1400hs,  despegamos rumbo a Deseado, mi avión y yo. Fue desde la pista 27, mirando hacia el oeste,  y a poco de dejar el suelo, a mi izquierda quedó Puerto Argentino, al cual miré con cierta nostalgia, no sabiendo si algún día volvería. Con rápidas y sucesivas inclinaciones de alas, me despedí de él.

Habiendo sobrepasado las últimas estribaciones del poblado, viré a estribor,  buscando inicialmente el rumbo 300 grados, mientras ascendía a 5000 pies. Una vez establecido en ese rumbo, activé el navegador satelital (GPS), y éste me indicó con precisión  mi curso de regreso.

Al cabo de pocos minutos, la torre de control me llamó y me indicó pasar con  el control radar:  “Lima Víctor Hotel Ex-may Charle, change now with Island Radar. Have a good flight” Hubiera querido decirle: “gracias Bernardette, espero que estés bien, y oírte de nuevo en algún otro vuelo”, pero me atuve a los reglamentos, “With Island radar,  thank you very much, good bye,  Stanley”

Pasé con el control radar, y una voz femenina desconocida me contestó (el radar está en Mount Pleasant), y esa voz me dio algunas indicaciones, y me acompañó luego por un largo trecho.

Volé unos quince minutos sobre tierra,  y al cabo de ellos, ya sobre el mar, una larga península que tenía a  babor, se extendía paralela a mi derrota durante un tiempo. Ya divisaba, sobre la misma banda, a la Gran Malvina, lejana, pero mucho más nítida que a mi llegada. Lentamente, todo fue quedando atrás. Divisé un peñón rocoso, que se erguía bastante más adelante,  solitario, desafiante, lo último que vería de esas tierras lejanas que había visitado. Cuando estuve casi sobre él,  me impresionó su soledad,  su fortaleza rebelde,  risco de altas rocas que el mar golpeaba con furia, deshaciéndose  en  penachos de espuma blanca,  muy blanca.

Giré mi cabeza, esforzándome por verlo cuando apareció otra vez, detrás de mi ala izquierda,  hasta que finalmente estuvo fuera de mi vista,  quedándonos los dos,  nuevamente solos.

Por encima de mi avión, un cielo de un celeste muy puro, se repetía hasta el infinito. Lo recorría con mi mirada, una y otra vez. No había en él ni una sola nube: solo el techo sin límites, del que, a mi estribor, colgaba un sol brillante y dorado, que me  entibiaba,  amistosamente.

Por debajo,  el mar. El mar enorme, interminable, que me mostraba su azul increíblemente hermoso, increíblemente intenso, mientras enarbolaba en la cresta de sus olas,  corderitos blancos,  con los que  el viento tenaz las adornaba.

Por algunas horas, disfruté de esta visión, de esta inmensidad (que me hacía sentir tan minúsculo), de esta soledad enorme, que provoca sentimientos que no puedo transmitir con palabras, porque no encuentro las adecuadas.

Allí estábamos, mi avión, viejo y pequeño, y yo, que me sentía como él. El ronroneo tranquilo y regular de su motor,  era casi parte del paisaje, un arrullo que aumentaba mi placer. Solo se vería interrumpido al agotarse el combustible de los tanques auxiliares (volaba con la técnica de secar el tanque), pero, al cambiar la llave selectora a un depósito principal, inmediatamente recuperó su  marcha normal y confiable. Me sentía muy solo, sí,  pero al mismo tiempo muy a gusto, muy seguro, muy confortable. Nada había que yo deseara en esos momentos, porque sentía que lo tenía todo...

El sol fue declinando su altura paulatinamente,  pasando de mi derecha  a mi izquierda, del este, hacia el oeste. El resto era inmutable, y  cada tanto giraba mi cabeza, a uno y otro lado, mirando ese horizonte lejano, que me rodeaba con una mágica circunferencia que nada interrumpía. Y como nada en el paisaje cambiaba,  parecía como que estábamos detenidos en él, sin avanzar ni una milla, mi avión y yo.

A lo largo de las horas, no divisé ni un solo barco, y menos aun, claro, ni un solo avión.

Aproximadamente hacia la mitad del vuelo, el control radar de las islas se despidió, deseándome buen vuelo. Con pena, agradecí y me despedí. Esta vez me comuniqué sin problemas por medio del teléfono satelital, y más adelante, un avión de la Fuerza Aérea y uno de Aerolíneas Argentinas, retransmitieron mi posición al control de Comodoro Rivadavia.

Hay una sensación, una emoción que sentí, a la que no sé muy bien como describir. Tal vez se parezca a lo que sentimos cuando estamos disfrutando –por ejemplo- del ver y oír una hermosa ópera,  una obra maestra del arte, y reconocemos los acordes que nos indican que el final de la misma se aproxima. No queremos que esto suceda, deseamos prolongar el placer,  comenzar de nuevo, detener el tiempo. Pero no podemos, y la ópera se acaba.

Una pena, una frustración semejante,   es la que sentí al divisar, allá en la lejanía, sobre el horizonte, la línea borrosa de la costa...

Había cumplido mi sueño. Y al cumplirlo, me quedé sin él...



( Nota cedida gentilmente por su protagonista para hangar57.com)


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